12 nov. 2010

REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS

Muerto el Primer Adelantado del Río de la Plata, don Pedro de Mendoza, la corona dictó la Real Cédula del 12 de septiembre de 1537 que expresaba “…si don Pedro de Mendoza no hubiese dejado lugarteniente o el que hubiere dejado fuese fallecido y al tiempo de su fallecimiento o antes no hubiese nombrado gobernador (…) mandamos en tal caso y no otro alguno hagáis juntar a los dichos pobladores y elijan por gobernador en nuestro nombre y capitán general de aquella provincia, la persona que según Dios y sus conciencias pareciere mas suficiente para el dicho cargo (…) Ésta Real Cédula sería utilizada indefinidamente por los vecinos de Asunción para elegir a sus gobernantes. Es así, que una vez arribado el Segundo Adelantado del Río de la Plata, don Álvar Nuñez Cabeza de Vaca, y luego de un breve período de mandato, el mismo es depuesto, arrestado y enviado a España en una nave llamada "Comuneros", siendo reelecto Domingo Martínez de Irala por voto popular, siguiendo las reglas de la citada Real Cédula en lo que se conoce como la Primera revolución comunera (25/Apr/1544)

Al grito de “Libertad” “Libertad”, e invocando la Real Cédula de setiembre de 1537, Domingo Martínez de Irala es elegido al día siguiente Gobernador.



La Segunda revolución comunera, en lo que podría considerarse el camino a la Independencia Americana, sostenía la idea de que el Poder del Rey no puede estar por encima de la voluntad popular, y la máxima frase que engloba el ideal comunero fue esbozada por el entonces Obispo y Gobernador del Paraguay, Fray Bernardino de Cárdenas en Asunción: VOX POPULI, VOX DEI; La Voz del Pueblo es la Voz de Dios.
En 1717 se llevó a cabo la Segunda Revolución de los Comuneros, “…el Gobernador Diego de Reyes Balmaceda es denunciado ante la Audiencia de Charcas por haber ordenado injustas matanzas de indios e intercedido en el libre tránsito comercial. Balmaceda es reemplazado en su cargo por José de Antequera pero es repuesto inmediatamente con el apoyo de la Compañía de Jesús y el Virrey del Perú. Esta situación obligó a la realización de un Cabildo Abierto ordenado por los vecinos de Asunción, en el cual se acuerda no permitir la entrada a Reyes Balmaceda. […] Antequera es proclamado ‘Padre y defensor de la Patria’. En 1731, el nuevo Virrey marqués de Castelfuerte envía al Gobernador de Buenos Aires, Bruno de Zabala, a dominar a los antequeristas en forma pacífica. Esto […] culmina con el ajusticiamiento de Antequera en Lima en 1732 […] el 14 de marzo de 1735, el Gobernador Zabala con un nuevo ejército […] organizados por los Jesuitas, derrota a los Comuneros en Tabapi y la Compañía de Jesús regresa triunfalmente a Asunción


Las arbitrariedades del gobernador del Paraguay Diego de los Reyes Balmaceda provocaron las quejas de los vecinos quienes recurrieron a la Real Audiencia de Charcas por lo que el juez García Miranda abrió un proceso y ordenó a Reyes Balmaceda liberar a varios ciudadanos apresados ilegalmente. Las acusaciones contra Reyes Balmaceda buscaban defender los intereses económicos de los propietarios de tierras y encomiendas, regidores del cabildo, comerciantes e ilustrados criollos de la provincia, contra la agobiante competencia de los jesuítas que no gozaban de la simpatía de los vecinos pues exportaban sus productos sin pagar impuesto alguno.


En 1721, ante la desobediencia de Balmaceda a las órdenes de García Miranda, la Audiencia de Charcas envió a José de Antequera y Castro como Juez Pesquisidor, para investigar las denuncias. Como resultado de la investigación, Antequera separó a Reyes Balmaceda de su cargo proclamando los derechos del “común” para aceptar o rechazar las autoridades y leyes impuestas, y asumió el cargo de gobernador de acuerdo con las instrucciones que en pliego cerrado le habían sido dadas, pero luego se mantuvo en el cargo aún contra las órdenes del propio Virrey.

En 1724 Antequera organizó un ejército para enfrentar a las tropas enviadas contra él, a las que venció. Pero unos meses después, un ejército más poderoso, organizado en las misiones por el gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zabala, lo obligó a huir a Córdoba ante la imposibilidad de ofrecer resistencia. Zabala entró en Asunción y nombró gobernador a Martín Barúa.

Antequera permaneció un tiempo en Córdoba y luego se presentó ante la Audiencia de Charcas para pedir protección, pero fue hecho prisionero y enviado a Lima donde se inició un proceso por su actuación en el Paraguay. Estando en la cárcel conoció al abogado Fernando de Mompox y Zayas, a quien convenció de sus ideales. Mompox escapó en 1730 y se dirigió al Paraguay donde se unió a los comuneros, al frente de los cuales luchó por imponer el “poder común”. Fue apresado en 1731 y enviado a Buenos Aires primero y luego a Lima, aunque desde Cuyo logró fugarse al Brasil.

Antequera y Juan de Mena fueron condenados a muerte y ejecutados en 1731 en la Plaza Mayor de Lima en medio del amotinamiento popular. Alcanzado por las balas murió Antequera, junto con dos sacerdotes, dos soldados, un negro y algunas personas de la concurrencia. Posteriormente el cadáver de Antequera fue decapitado. Juan de Mena debía ser estrangulado con garrote vil, pero por temor a ser liberado por la multitud, fue degollado camino al cadalzo.

Cuando esta noticia fue conocida en Asunción, los comuneros se alzaron nuevamente y en un encuentro en Guayaibity (Pirayú) fue muerto Manuel Agustín de Ruiloba. Desde Buenos Aires tuvo que venir por segunda vez Bruno Mauricio de Zabala, quien venció a los Comuneros en Tavapy en 1735.


Bruno Mauricio de Zabala dispuso medidas extremas contra la provincia, entre ellas:
La condena a muerte por horca y descuartizamiento de varios comuneros y el destierro con la confiscación de sus bienes a otros rebeldes.
La prohibición absoluta de reunión o junta de personas en cualquier lugar de la provincia, bajo pena de ser declaradas conspiradoras y condenadas a la pena capital y pérdida de bienes.
La obligación de todas las personas de cualquier sexo, calidad o estado, de acatar, respetar y reverenciar las órdenes reales, con advertencia de severos castigos.
La declaración de que la Real Provisión del 12 de Septiembre de 1537 ya no estaba en vigencia y que su uso había sido ilícito, pues no se hallaba inserta en la Recopilación de 1680.
La cesantía de los corregidores del Cabildo vinculados con los comuneros, ocupando los cargos vacantes con partidarios del Virrey.

El movimiento de los Comuneros fue muy importante como antecedente de la Revolución Americana, ya que se trató del primer impulso de libertad en pleno periodo absolutista y bastante antes que los pensadores europeos hablaran de los derechos del pueblo.


-Ideología comunera del Paraguay.
En todo el largo discurrir de las luchas comuneras encontramos algunas ideas centrales, que siempre tienden a manifestarse: así como ya hemos expresado, libertad y buen gobierno constituyen viejos y sostenidos anhelos del pueblo paraguayo. Por otra parte, más que un proceso ideológico, debe verse aquí la gradual formación de la conciencia nacional en el Paraguay. No en balde, en enero de 1705, Cuando acababa de producirse el derrocamiento del gobernador Escobar y Gutiérrez, un Agustín de Insauralde atronaba las calles asunceñas con sus gritos de que “Esta es la ocasión en que atendamos todos por nuestra patria, obedeciendo por nuestro Gobernador a dicho Teniente José de Avalos”.

Los hombres y los pueblos pueden sostener ideas políticas y sociales sin necesidad de conocer las doctrinas de los filósofos que las hayan formulado con anterioridad similar interpretación de los hechos y soluciones coincidentes pueden nacer, sin noticia las unas de las otras, e lugares distantes y en épocas diversas. Sin embargo, cuando hay indicios en tal sentido, cabe admitir siquiera la posibilidad de la influencia de las anteriores sobre las de más reciente data, y las inquietudes coincidentes adquieren formulación concreta cuando las ordenan los hombres de formación ideológica. Esto fue, en nuestra opinión lo que aconteció en el Paraguay.

Fray Bernardino de Cárdenas, D. José de Antequera y D. Fernando de Mompó no hubieran hallado eco en su prédica de tribunos de no existir un ambiente propicio y de tradición secular. Lo que ellos, si hicieron de fundamental fue dar consistencia ideológica a las inquietudes existentes y mover los ánimos en el memento oportuno y con grande abnegación”.

En 1705, hallándose en ejercicio del gobierno, el general José de Avalos y Mendoza desestimaba la pretensión de un privilegio porque “no era la voluntad de Su Majestad aumentar sus marevedises reales con perjuicio notorio de sus vasallo y que era pervertir la forma distributiva de la justicia” proceder de otra manera. En otros términos y como ya hemos señalado al ocuparnos directamente, de este personaje, sostenía que el interés social prima sobre e del Rey o de su hacienda.

Antequera también desarrolló ideas de gran interés. Acusando claras influencias populistas, sostuvo que el pueblo o “Común” es fuente da la soberanía y que puede recuperar el ejercicio directo de la misma cuando los gobernantes, sus delegados, cometen desafueros que lesionan los principios esenciales de la convivencia social.

Con mayor decisión todavía Mompó predicaba que “la voluntad del Monarca y todos los poderes que de ella derivan estaban subordinados a la del Común; que la autoridad de la Comunidad era permanente e inalienable y que ella preexistía a todas las modificaciones de la Monarquía, viniendo a ser forma y molde del Estado.

Tan sugestivas opiniones, sustentadas en público y en documento oficiales, podrían deberse a diversas influencias. Los líderes paraguayos de los siglos XVII y XVIII pueden haberlas recibido a través de los juristas españoles que seguían las enseñanzas de Azpilcueta y Covarrubias. Mas Antequera y Mompó, hombree de formación universitaria y de más amplia visión del mundo, las habrán recogido directamente de los teólogos y filósofos políticos del siglo XVI, cuyo conocimiento no podía serles ajeno.

Desde 1512 hasta mediados de la centuria, suscitada por Fray Antonio de Montesinos y sostenida por Fray Bartolomé de las Casas, conmueve al mundo culto español viva controversia sobre la condición del indio y los derechos de los europeos respecto de América. Un dominico sobresaliente; catedrático de las más importantes Universidades de ese tiempo, Fray Francisco de Vitoria, sostiene que todos los hombres son libres y naturalmente iguales.

Llamado a mediar en la referida controversia, otro dominico, Fray Domingo de Soto, teólogo da la corte de Carlos V y uno de los orientadores del Concilio de Trento, se pronunció categórico en pro de los postulados del P. Las Casas. Sostenía Soto que “Por derecho natural la potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, pertenece a la Comunidad”

El jurisconsulto Martin de Azpilcueta, catedrático de Salamanca y de Coimbra, conocido como “el doctor navarro”, sostenía en la misma época que “el reino no es del Rey; sino de la comunidad y el misma poder real es por derecho natural de la comunidad y no del Rey; y por tanto no puede la comunidad absolutamente abdicar este poder”. Años, más tarde, en dictamen dirigido a Felipe II, le decía “que sin grave culpa no podría el Rey despreciar la salud del reino”.

Otro jurista, Diego de Covarrubias, discípulo de Azpilcueta, basaba los derechos personales en la ley natural.

A comienzos del siglo XVII, dos pensadores de la Compañía de Jesús, Francisco Suárez y Juan de Mariana, aportaron nuevos argumentos a esta corriente de ideas que es conocida con el nombre de “populismo”. El P. Suárez enuncia el principio del pacto social como base del Estado, y señala límites al poder del Rey, tales como “las normas de prudencia y justicia que vedan imponer obligaciones no exigidas por el bien común. El P. Mariana sostenía la licitud de la rebelión contra el príncipe tiránico y aun la del regicidio.

Estas ideas ‘populistas” en alguna medida influyeron en la legislación de Indias, en especial en las Leyes de Burgos, de 1512 y 13, y en las llamas “Leyes Nuevas” de 1542 y 43, pero sin afectar la esencia ni las características más salientes de la monarquía absoluta, que siempre hizo sentir todo el peso de su poder en su Imperio.

Comparando las manifestaciones que hemos reproducido de Avalos, Antequera y Mompó, y los principios políticos definidos por los paraguayos en las luchas comuneras con las opiniones de tan eminentes teólogos y juristas, debemos admitir su identidad esencial y, por ende, la influencia directa o indirecta de éstos sobre aquéllos.


-Los últimos comuneros.
En 1747, doce años después de la última entrada de Zabala y en las postrimerías del gobierno de D. Rafael de Moneda, se producen el último brote de inquietud comunera.

Impulsados por el P. Juan José de Vargas Machuca sacerdote criollo y hermano, de aquel mercedario que defendiera la causa comunera, el maestre de campo Bernardino Martínez, Miguel de Aranda, José de la Peña “el tuerto’ y otros antiguos luchadores del último período comunero, se conjuran contra el Gobernador. Delatado el complot por un Juan de Gadea, los comprometidos son condenados a la horca y ejecutados en tanto que el P. Vargas Machuca a de morir desterrado de su patria, tras largos años de cautiverio en un castillo de Galicia.


BIBLIOGRAFIA.
Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”



-Caudillos e ideólogos comuneros.
El pueblo paraguaya es el gran actor de la epopeya comunera. Pero de este pueblo se destacaron ciertos varones singulares, que asumieron la dirección y orientación de la conducta social. Recordaremos a algunos, de notable actuación en el período que corre de 1720 a 1735, el más interesante del largo proceso comunero.

José de Antequera y Castro, nacido en la ciudad de Panamá el 1° de enero de 1689 y bautizado en su Catedral quince días más tarde, era hijo del Lic. José de Antequera y Enríquez, natural de Alcalá de Henares y magistrado sucesivamente de las Audiencias de Panamá, Charcas y Lima, y de doña Juana Maria de Castro, nacida en Bélgica, entonces dominio español, pero de familia leonesa. Cursó estudios y se doctoró en Cánones en la Universidad de Charcas, en los estrados de cuya Audiencia fue abogado desde la edad de veintitrés años, para alcanzar más tarde la dignidad de Fiscal y Protector de Naturales de la misma. Era caballero de la orden de Alcántara y había obtenido también un beneficio en la catedral de Cochabamba. Tenía poco más de treinta año cunado vino al Paraguay por juez pesquisidor.

Puso su ilustración y su conocimiento del mundo al servicio de la justa causa paraguaya. En sus cartas polémicas con el Obispo Palos, escritas en la prisión desarrolló su ideología basada en el pensamiento de los juristas y teólogos españoles de los siglos XVI y XVII. Dio consistencia doctrinaria a inquietudes que desde mucho tiempo antes flotaban en el ambiente paraguayo. Fue consecuente hasta morir.

José de Avalos y Mendoza (1672 - 1722), criollo paraguayo de ilustre ascendencia, de gran versación jurídica de notables servicios en la guerra con el indio, era hijo del general Francisco de Avalos y Mendoza y de doña Ignacia Díaz de Ovalle, y descendía de Gonzalo de Mendoza y de Domingo Martínez de Irala.

Ya en 1705, había sostenido la teoría de la supremacía del interés general sobre el meramente fiscal o estatal. Conservó su dignidad en el infortunio. Acompañó a Antequera y le proporcionó el necesario apoyo popular. Su muerte prematura privó a los paraguayos de un conductor de temple y de lúcida inteligencia.

Fernando de Mompó o Mompós, de antecedentes poco conocidos, tal vez panameño o valenciano, era aventurero y altruista. Abrazó por puro espíritu de justicia la causa paraguaya. Recogió las ideas de Antequera y de Avalos y Mendoza y las llevó a sus últimos extremos en la célebre fórmula de que “la voluntad del Común es superior a la del propio Rey”. De reconocida ilustración en materia de leyes, asesoró a los comuneros en los últimos años del gobierno de Barúa y en los meses inmediatos al alzamiento contra Soroeta.

José de Urrúnaga, Antonio Ruiz de Arellano, Francisco de Rojas Aranda y Juan de Mena Ortiz de Velazco desde el Cabildo sostuvieron la lucha comunera, resistieron la persecución y el último de ellos padeció suplicio.

Fray Miguel de Vargas Machuca, criollo paraguayo, mercedario, defendió desde el púlpito la licitud de las aspiraciones comuneras y en un “Manifiesto” les dio fundamento ideológico. Se basó en la realidad paraguaya y en las corrientes populistas y suarecianas, de entraña española. Murió exiliado, en el convento de su orden en Corrientes.

José Dávalos y Peralta, natural de Asunción y de linaje de conquistadores, siguió estudios superiores en la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima, hasta doctorarse en Medicina y en ella fue catedrático. De regreso en la patria, puso su talento al servicio de la causa comunera y Antequera se valió de él para comisiones de la mayor confianza. Parece haber viajado con éste a La Plata, pues dice Báez que en 1729 acompañó a Mompó en su venida al Paraguay. Falleció en Ajos ese mismo año.

Sebastián Fernández Montiel (1673-1753), también criollo, hijo de un Gobernador y nieto de otro, descendía de Domingo Martínez de Irala y de otros grandes capitanes del siglo XVI. Era el militar más sobresaliente de su tiempo. Desde 1705, militó en el bando comunero y organizó el ejército de Antequera en 1724. Durante medio siglo, combatió con los indios del Chaco y patrulló la siempre expuesta frontera con los dominios portugueses. Como otros viejos comuneros, en 1733 acompañó a Ruyloba y se negó a desampararlo en la hora de la derrota. Sus hermanos, Miguel, Alcalde Ordinario en l727; y Antonio, que lo había sido en 1726, también prestarán su decidido apoyo a la Revolución. Nueve varones de su estirpe tomaron asiento en el Congreso Nacional de junio de 1811.

Fernando Curtido, Miguel de Garay y Cristóbal Domínguez de Ovelar, comuneros de distinguida actuación en la segunda etapa de la lucha, asumieron la responsabilidad del gobierno sin temor a las represalias.

Ramón de la Llanas, que había venido de España como carpintero de un navío y adquirido relieve en el Paraguay, era temerario y a veces cruel. Puso su valentía al servicio del pueblo. Encabezó el ataque en el paso del Tebicuary, en 1724, y el año siguiente Antequera le confió el gobierno, al viajar él para presentarse a la Audiencia de Charcas. Fue uno de los promotores de la resistencia contra Soroeta en 1730, y sobrevivió muy pocos meses a esta última proeza. Su esposa, doña Lorenza de Mena, la hija de Juan de Mena, al saber la muerte de su padre, abandonó el luto de su reciente viudez y “se vistió de gala, para dar a conocer que su- aflicción se había perdido en el regocijo que le causaba una víctima tan gloriosa a la patria”, gesto que indica la identificación de la mujer paraguaya con las luchas de su pueblo en todos los tiempos.

BIBLIOGRAFIA.
Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”


-La derrota comunera de 1735.
La noticia de la muerte de Ruyloba, magnificada por los enemigos que la causa comunera ha adquirido en quince años de batallar, mueve al Marqués de Castelfuerte a disponer medidas extremas. Una vez, más Bruno Mauricio de Zabala, que de mariscal de campo ha sido promovido a teniente general de los reales ejércitos, recibe la orden de venir personalmente a someter y escarmentar a la provincia insumisa. Con una escolta de dragones del presidio de Buenos Aires y nutrida leva de indios misioneros, Zabala asienta su cuartel general en la estancia jesuítica de San Miguel, dos leguas al Sur del paso del Tebicuary.
En el campo comunero cunde el desconcierto. La autoridad de Domínguez de Ovelar es desacatada de continuo por los grupos armados. Los más caracterizados jefes comuneros consideran insostenible la situación. El fervor popular ha degenerado en anarquía en los últimos meses. Todo ello agota el espíritu combativo y anula las posibilidades de resistencia. A San Miguel concurren a prestar obediencia numerosos comuneros, inclusive los más directamente comprometidos en la muerte de Ruyloba o en otros sucesos.

Precedido de una fuerza de caballería que comanda el capitán Martín José de Echauri, Zabala traspone el Tebicuary. En Tavapy, un puñado de comuneros iza la bandera de la resistencia y la pone en manos de Francisco Méndez de Carvajal, pero toda oposición resulta impracticable y no llega a librarse combate.

Domínguez de Ovelar se ha retirado a su estancia. Zabala, con el camino así allanado, puede llegar a Asunción sin recurrir a la violencia.

Sin embargo, el Zabala da 1735 se muestra mucho más severo que el de diez años antes. Dicta una sentencia declarando que la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 ya no está en vigencia y que su uso ha sido ilícito, pues no se halla asentada en la Recopilación de 1680. Se disponen y se ejecutan penas de muerte, prisiones y destierros a lejanas provincias. Se suspende y destituye a funcionarios militares y del Cabildo. Los enemigos del “Común” recuperan los bienes y honores de lo que habían sido desposeídos.

El Rey, por su parte, escinde del Paraguay todas las reducciones jesuíticas, a pedido del P. Gerónimo Herrán, Provincial de dicha orden.

Pese al rigor usado, no alcanza éste los extremos que cabía temer. Es posible atribuir esta limitación, esta relativa benignidad, al tino político de Zabala, que ha de morir en 1736 en el viaja de regreso a Buenos Aires, tras dejar en el gobierno del Paraguay al ya mencionado Martín José de Echauri, que lo desempeña hasta 1740.

La derrota del “Común” representa el aplastamiento de una justa causa paraguaya y el final de la influencia decisiva de la clase directiva criolla que tanto había contribuido a la formación de la conciencia nacional.

BIBLIOGRAFIA.
Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”



-La gran revolución comunera.
Desde 1717, ejercía el gobierno del Paraguay el andaluz Diego de los Rayes Valmaseda, mercader y patrón de barcas, avecindado en el país. Reyes aprovechó el poder para, ejercitar venganza contra aquellos criollos y vecinos con los cuales mediaban antiguas ofensas. De esta manera, sometió a prisión rigurosa y a un proceso amañado al general José de Avalos y Mendoza, antes recordado, ex-gobernador interino. Regidor Decano del Cabildo y uno de los criollos más ilustrados de ese tiempo. La persecución se extendió al regidor José de Urrúnaga y al yerno de Avalos Antonio Ruiz de Arellano impidiéndoseles a todos recurrir a la Audiencia de’ Charcas en procura de justicia. Lograron, sin embargo, comunicarse con ese tribunal y promovieron acusación contra el abusivo Gobernador, con un extenso capítulo de cargos.

La Audiencia comisiono a su Fiscal, el Dr. José de Antequera y Castro, en carácter de juez inquisidor, con amplias facultades y con un pliegue cerrado en el que se le encomendaba el gobierno del Paraguay para cuando Reyes cesara en el ejercicio del mismo.

En julio de 1721, Antequera se constituyó en Asunción, inició las actuaciones procesales, interrogó a testigos de ambas partes, comprobó la culpabilidad de Reyes Valmaseda, y lo suspendió del mando, y dejando en libertad a todos los por él perseguidos, y en virtud de lo dispuesto, por la Audiencia, se hizo cargo del gobierno.

Reyes logró huir a Buenos Aires y desde allí inició gestiones ante el Virrey del Perú para recuperar el mando. Contaba con la poderosa influencia de los jesuitas a su favor, pues era cuñado del Superior de las Reducciones del Paraguay, P. Pablo Benítez. Logró del Virrey Fray Diego Morcillo de Auñón, Arzobispo de Lima, su confirmación, en el poder hizo intimar el cumplimiento de dicha orden a Antequera y a los capitulares y jefes de milicias del Paraguay. Pueblo, Cabildo y Gobierno acordaron resistir a Reyes y pedir la reconsideración del mandamiento virreinal.

Entre tanto, un grupo de audaces comuneros encabezada por Ramón de las Llanas, secuestró a Reyes en la ciudad de Corrientes y la restituyó a la cárcel de Asunción, cuando ya aprestaba recursos para traer un ejército de indios a la conquista del Paraguay.

Así las cosas, un nuevo Virrey, José de Armendáriz; Marqués de Castelfuerte contra el parecer de la Audiencia de Charcas y contra disposiciones anteriores, insistió en someter a Antequera y a los paraguayos y comisioné al coronel Baltasar García Ros, ex-gobernador del Paraguay, para llevar a ejecución ese propósito, debiendo el mismo reponer a Reyes en un gobierno cuyo término normal de cinco años ya había vencido. Corría entonces el año 1723.

García Ros escribió a algunos amigos que conservaba en la provincia y vino con sus intimaciones. Reunidos en Cabildo Abierto, los vecinos de Asunción, con Antequera, el Cabildo y los mandos militares, resolvieron desobedecer la orden del Virrey y recurrir de ella. Vista la derivación de los hechos, el comisionado desistió de su empeño y regresó a Buenos Aires, para de allí dar cuenta a su mandante del poco éxito de sus gestiones.

Insistió el Virrey y ordenó al Gobernador del Rió de la Plata, mariscal de campo Bruno Mauricio de Zabala, que presa García Ros toda la ayuda material necesaria para la consecución de sus fines. De este modo, a mediados de 1724, este último se presentaba en Corrientes y desde allí organiza una expedición militar integrada por varios, miles de indios de las reducciones puestos a su disposición, y con ellos avanzó hacia Tebicuary.

Avisado por el sargento mayor Miguel Fernández Montiel, de guardia en el paso de dicho río Antequera convocó a nuevo Cabildo Abierto y allí se acordó resistir con las armas al ejército virreinal. Aunque basada en argumentación jurídica y apoyada en nobles y justos principios constituía ésta una actitud francamente revolucionaria, una clara y, neta rebelión contra los representantes de la monarquía española.

Asistido por Sebastián Fernández Montiel, Ramón d las Llanas y otros recios veteranos, Antequera organizó sus reducidas milicias y marchó al encuentre de la indiada de García Ros. En Asunción quedaban con el mando político el Dr. José Davalos y Peralta y con el mando militar Sebastián Ruiz de Arellano, en tanto que el Alguacil Mayor de la ciudad, Juan de Mena Ortiz de Velazco, daba cumplimiento a la orden de expulsión de los religiosos del Colegio de la Compañía de Jesús, dictada poco antes, de la partida del Gobernador con ánimo de despejar la retaguardia de elementos favorables al adversario.

El 25 de agostó de1724 se libró la batalla. Bajo el mando superior de Antequera, Montiel condujo el grueso de las fuerzas, en tanto que Llanas capitaneaba la impetuosa vanguardia. El ejército de García Ros fue desbaratado, su campamento del paso del Tebicuary capturado con su equipaje y documentación, trescientos indios misioneros perdieron la vida en el encuentro, dos sacerdotes jesuitas fueron hechos prisioneros y la hueste comunera se internó en las reducciones hasta San Miguel.

Mas, esta victoria comunera, que afirmaba la rebelión paraguaya, excitó las iras del Virrey y ganó partidarios para las gestiones de los poderosos protectores de Reyes en los medios influyentes de Lima y Madrid.

El ya mencionado Zabala, con tropas de línea de la guarnición de Buenos Aires aprestó una nueva expedición.

Antequera, enterado de todo esto, consideró que habla llegado el momento de comparecer ante la audiencia de Charcas, su comitente a justificar en sus estrados la causa, comunera y a impetrar su protección. Le acompañaban Juan de Mena, el antes mencionado Alguacil Mayor, y el capitán Diego de Yegros, Procurador General de la ciudad; que llevaban la representación del Cabildo, Sebastián Fernández Montiel, Maestre de Campo General y apoderado de la oficialidad de las milicias provinciales, Alonso González de Guzmán y otros connotados comuneros. De Córdoba pasaron a La Plata, sede de la citada Audiencia, y allí fueron apresados, Antequera, Mena y otros tres de la comitiva en tanto que sus compañeros debían ocultarse. Los dos primero fueron trasladados a la Cárcel de Corte de Lima y sometidos a proceso por orden del Virrey Castelfuerte. Las diligencias duraron cinco años y e1 expediente, alcanzó a tener varias miles de fojas.

Antequera ejerció personalmente su defensa mas finalmente ambos (Antequera y Mena) resultaron condenados a la pena capital. Fijada la ejecución para el 5 de junio de 1731, el pueblo de Lima, alentado por los franciscanos, promovió un tumulto y los guardias, temeroso de que Antequera lograra liberarse, le dieron muerte a tiros, en tanto que Mena perecía en el patíbulo.

Mientras se desarrollaban estos hechos, Zabala había avanzado sobre Asunción. No se le opuso resistencia alguna y él con mira de apaciguar los ánimos, entró en la ciudad con muy reducida escolta, la temida irrupción de un ejército de indios quedó así conjurada. Ramón de las Llanas, Teniente de Antequera le entregó pacíficamente el mando y Zabala comenzó a tomar diversas disposiciones de gobierno. Se ordenó la restitución de los jesuitas a su Colegio. A Reyes Valmaseda se lo puso en libertad, pero se le señaló la conveniencia de salir del Paraguay como contribución a la paz pública. Los que habían acompañado a Charcas a Antequera fueron procesados, así como también otros cabecillas comuneros, pero sin extremar las medidas de rigor. Se suspendió en sus funciones a algunos dignatarios del Cabildo y se devolvió sus plazas a los que habían sido privados de ellas por Antequera.

Pocos meses duró la gestión de Zabala en el Paraguay, cuyo gobierno confió al retirarse, en virtud de atribuciones conferídasle por el Virrey, a Martín de Barúa, que había sido autoridad en Santa Fe. Hombre de paz, éste preconizó una política de recuperación fundada en el olvido de los pasados rencores y en la indulgencia. Merced a ella los principales conductores comuneros pudieron reincorporase a la vida provincial.

Para la, averiguación y esclarecimiento de los hechos ocurridos en todo este agitado período, fue comisionado con rango de Visitador el General Matías de Angel y Gortari que, como resultado de sus investigaciones y pesquisas produjo un informe altamente favorable a la causa comunera.

Gran trascendencia tuvieron los hechos de este quinquenio. En pro de su ideal de justicia, dispuestos a repeler toda tentativa de establecimiento de un gobernante que se había tornado insoportable y celoso ellos de sus derechos, los paraguayos rechazaron por tres veces los intentos virreinales, encarcelaron y sometieron a juicio al gobernador arbitrario, se reunieron en Cabildo Abierto y deliberaron libremente sobre la política a seguir; y por último opusieron resistencia armada a un ejército que innegablemente sin lugar a la menor duda, investía la representación del Rey. Son éstas las líneas fundamentales de la acción comunera en el período que historiamos.

José de Antequera y Castro fue el adalid, pero junto a él militaron decididos José de Avalós y Mendoza, José de Urrunaga, Sebastián y Miguel Fernández Montiel, Ramón de las Llanas, Juan de Mena, Francisco de Rojas Aranda, José Dávalos y Peralta y decenas de otros naturales y vecinos del Paraguay.


-El "común" en armas.
Presidió Barúa cinco años de paz y recuperación. Pero las fuerzas que se habían manifestado en el periodo anterior se mantenían latentes, vivas en la conciencia popular. Quedó ello claramente demostrado cuando, en diciembre de 1730, se anunció la inminente llegada de un nuevo gobernador, Ignacio de Soroeta, señalado como adicto a los jesuitas y al bando que antes respondiera a Reyes Balmaceda. En pocas horas, Sebastián Fernández Montiel y Ramón de las Llanas lograron reunir una multitud de trescientos hombres armados que expresaron su disconformidad con la proyectada transmisión de poder.

Vista la negativa de Barúa de continuar en el mando de manera revolucionaria, los comuneros resuelven, aplicar la correspondiente ley de la Recopilación, es así como se acuerda confiar gobierno al Alcalde Ordinario de 1er Voto cargo que desempeña Fernando Curtido; al vencimiento de cuyo mandato, el 1ro de enero inmediato los sucede José Luís Bareiro, que no se llamaba Barreiro como generalmente dicen los autores, ni fue “presidente de la Provincia”, aunque este tratamiento alguno quizá se lo haya dado, llevado de circunstancial euforia.

En los últimos tiempos de Barúa había llegado a la ciudad Fernando de Mompó o Mompós, antiguo compañero de prisión de Antequera en Lima el que le había transmitido su fe en la causa comunera. Fugado de la cárcel se constituyó en consejero y asesor de los revolucionarios paraguayos. En los agitados días del rechazo de Soroeta, Mompó predicaba que “La voluntad del Común es superior al del propio Rey”, desarrollando y llevando a sus últimos extremos ideas antes enunciadas por Avalos y Mendoza y por Antequera.

Bareiro no corresponde a la confianza depositada en él por los comuneros: con engaños, prende a Mompó y lo entrega a las autoridades de Buenos Aires; mas éste logra fugarse cuando es conducido al Perú y ha de morir más tarde en los dominios portugueses. Antonio de la Sota, otro comunero, también sufre prisión por esos días. El pueblo reacciona con- gran indignación y Bareiro debe buscar refugio en lugar sagrado, siendo sustituido en el mando por el Alférez Real Miguel de Garay, su reemplazante legal en las funciones de Alcalde Ordinario de 1er. Voto.

Hasta 1733, el poder sigue a cargo de los referidos funcionarios municipales, que lo son sucesivamente Antonio Ruiz de Arellano y Cristóbal. Domínguez de Ovelar.

Son tiempos, éstos, de gran agitación. La noticia de la ejecución de Antequera y Mena conmueve el pueblo o “Común” y la multitud extraña una vez más de su colegio a los jesuitas. Partidas armadas de comuneros recorren la campaña y velan por la pureza de los procedimientos de los Alcaldes Gobernadores. Es el pueblo el pueblo llano, la “gente rei”, cifra nueva en la política paraguaya el que toma a su carga la conducción de sus asuntos Algunos comuneros de la vieja, guardia, veteranos de las luchas de la década anterior, consideran inconvenientes estos excesos tal es el caso de Montiel y el de Ruiz de Arellano, cuyos respectivos méritos resultan indiscutibles.

En 1733 y con nombramiento del mismo Virrey Castelfuerte, es recibido un nuevo Gobernador, el coronel Manuel Agustín Calderón de Ruyloba. El ambiente se mantiene tenso y es grande la expectativa ante los primeros actos del nuevo jefe

Ruylob excita la suspicacia y los temores de los comuneros con algunas manifestaciones impolíticas. El “Común” en armas se junta en el valle de Pirayü, con ánimo aparente de marchar sobre la capital. Le sale al encuentro el Gobernador con una fuerza equivalente. Dos columnas de trescientos hombres cada una se acercan recíprocamente para combatirse. En el campo de Guayaivity, al sur de la capilla de Ganoso, se avistan al caer la tarde el 14 de septiembre de 1733. Esa noche, la mayor parte de las tropas venidas de Asunción se pasa al bando popular. Al día siguiente, acompañado salo un puñado de altos oficiales que han considerado deshonroso abandonarlo en un medio que le resulta desconocido y hostil, el Gobernador es muerto en breve escaramuza.

¡Nunca se había llegado al extremo de dar muerte a un Gobernador que representaba al Rey!

Hasta los más exaltados comprenden que las represalias han de ser terribles y allí, sobre el mismo campo de batalla, invocan una vez más la Provisión de 1537 y aclaman por Gobernador al Obispo e1ecto de Buenos Aires, Fray Juan de Arregui, un valeroso franciscano octogenario, que ha defendido desde él pulpito la justicia da la causa comunera.

Arregui ejerce el mando unos cortos e inquietos meses, con título de “Justicia Mayor, Gobernador y Capitán General..., electo por el pueblo de esta capital”, en tanto que las partidas comuneras recorren los valles y pagos y se aprestan a la defensa. Finalmente, resuelve retornar a su diócesis, de la que aún no ha tomado posesión, y deja en el gobierno del Paraguay, como Teniente suyo, al ya recordado Cristóbal Domínguez de Ovelar que de esta manera ha de ser el último jefe de los comuneros.

La clara y decidida intervención del pueblo o “Común” en la resolución del destino social es la nota resaltante de este convulso periodo. Además, la actitud es más francamente revolucionaria: hay oposición armada a Soroeta y a Ruyloba, y el gobierno, por espacio de cinco años, pasa de un comunero a otro, aun cuando por lo general se llene la formalidad de la elección del mismo como Alcalde Ordinario de 1er. Voto.

BIBLIOGRAFIA.
Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”



Etapas del movimiento comunero en el Py.
Desde 1621 aproximadamente, consumada ya la división de la “Provincia Gigante de Indias”, se desarrolla la vida propiamente colonial del Paraguay. Aislado en gran medida de los demás territorios españoles, con su aislamiento acentuado por el cierre del puerto de Buenos Aires a la navegación a la navegación oceánica y por la numerosas trabas opuestas al intercambio interprovincial, acechado por tos infieles del Chaco y por los mamelucos; de San Pablo, debe fiarse de sus solos recursos para sus solos recursos para sobrevivir. Es de admirar que, en medio de tantas dificultades, halle los medios de salvar la Cuenca del Plata para la civilización española y de constituirse en bastión inexpugnable frente a la expansión portuguesa.

A partir de eso años y en forma gradual y sostenida, va creciendo la importancia social y política del Cabildo de Asunción. Se convierte él en centro de acción de la clase directiva colonial integrada por los criollos y los mestizos asimilados de mayor influencia, y en vocero de toda la población de la provincia. Acentúa su gravitación el ejercicio interino del gobierno por u corporación en pleno, hecho que se produce más de una vez en el transcurso de la centuria.

Una medida de excepción; la Real Provisión expedida en Valladolid el 12 de septiembre de 1537, habla arbitrado un procedimiento en verdad inusitado en el imperio español para cubrir las vacancias que se produjeran en el mando superior del Paraguay y Río de la Plata. En efecto, en caso de no haber dejado Don Pedro de Mendoza sustituto legal, o habiendo fallecido éste sin haberlo hecho a su vez, se autorizaba a los conquistadores presentes en el territorio a elegirlo en tanto la corona proveyera lo más conveniente.

Dicha disposición conservó innegablemente la fuerza legal mientras rigieron en el Paraguay y Río de la Plata las capitulaciones de Don Pedro da Mendoza, Mas en lo referente al periodo posterior a la sustitución de éstas por otras, concedida a Don Juan Ortiz de Zárate, el problema de la vigencia de la citada norma excepcional se presta a discusión. Si queremos fijar su caducidad en una fecha determinada, podemos tomar para el efecto el 11 de diciembre de 1568, cuando Felipe de Cáceres, en nombre de Ortiz de Zárate,.recibe el gobierno de manos de Juan de Ortega que lo había ejercido hasta entonces como teniente del gobernador Francisco Ortiz de Vergara, elegido ésta precisamente por aplicación de la Cédula de 1537 que estamos comentando.

Conviene anotar que la corona, en l560 y para Venezuela, había dispuesto un sistema de sustitución de Gobernador que adquiriría vigencia general-al ser recogido en la Ley XII, del Título III, del Libro V de la Recopilación de. 1680, que dice: “Declaramos y mandamos que si fallecieren los Gobernadores durante el tiempo de su oficio, gobiernen los Tenientes que hubieren nombrado, y por ausencia o falta de los Tenientes, los Alcaldes. Ordinarios; entretanto que Nos, o los Virreyes o personas que tuvieren facultad provean quien sirva, y si no hubiere Alcaldes Ordinarios, los elija el Cabildo para el efecto referido”.

La Real Provisión de 1537 se aplicó todavía a fines del siglo XVI y dio lugar al gobierno de Hernandarias de Saavedra de 1598, en la convicción de que se procedía dentro de lo dispuesto por la legislación vigente. Más, cuando a partir de 1621 se invoca dicha disposición, cosa que ocurre solamente dos veces en todo un siglo, ello se hace de manen claramente revolucionaria, como un recurso para explicar o justificar hechos que- salen de la rutina política colonial.

Por otra parte y es preciso señalarlo, por su vinculación con las pugnas que caracterizan toda la acción comunera, hay frecuentes motivos, de fricción entre él vecindario y los religiosos de la Compañía de Jesús, pese a la proficua labor cultural que esto desarrollan en- la provincia Entre sus causas; podemos recordar la tenencia de armas de fuego por los indios de la reducciones, para defenderse de las “malocas” paulistas, situación muy resistida por los criollos del Paraguay quena quieren hallar diferencias sensibles entre estos indígenas y los siempre indómitos y agresivos infieles del Chaco así como también la exención de las cargas de la encomienda, establecida a favor de los guaraníes misioneros, la competencia económica representada por el hecho de que las reducciones son también productoras y exportadoras de yerba-mate en gran escala y diversos conflictos suscitados entre los jesuitas y los prelados de la diócesis.

En 1649, llega a su culminación uno de los procesos más interesantes de la época colonial. El Obispo de Asunción franciscano Fray Bernardino de Cárdenas, es electo Gobernador del Paraguay, por aclamación popular e invocándose la Real Provisión de 1537, entonces ya derogada o al menos en desuso Cárdenas, que años antes había tenida, un grave conflicto con loa jesuitas y con el gobernador Gregorio de Hinestrosa, como resultado del cual fuera expulsada-par- un tiempo de- su sede episcopal, ahora en uso del poder procede contra los primeros y los destierra a su vez de la ciudad. La Audiencia de Charcas y el Virrey del Perú, ante quiénes se ventila la cuestión acuerdan que el ejercicio del mando por el referido prelado es ilegítimo y le conminan a someterse. Dichas autoridades superiores comisionan al maestre de campo Sebastián de León y Zárate para pacificar la provincia. Cabildo y pueblo respaldan a su Obispo Gobernador, se lanzan proclamas circulan coplas que aumentan el general entusiasmo y se prepara la defensa. Con la ayuda de un ejército de indios misioneros, León y Zárate logra someter a los paraguayos por la fuerza de- las armas, tras librar sangrienta refriega. Derrotados los comuneros, Cárdena es alejado definitivamente de su Diócesis y se dictan sentencias contra sus principales colaboradores, entre quienes figura el general Diego de Yegros, fundador de tan ilustre linaje en el país.

Los acontecimientos de 1649 revisten sumo interés dentro del proceso comunero del Paraguay, por dos motivos de importancia por el uso revolucionario que se ha de la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 y por la resistencia armada que se ha puesto al poder virreinal. Es el más definidamente subversivo de los movimientos del siglo XVII.

En 1675, ejercía el gobierno el sargento mayor Felipe Rexe Corvalán, funcionario de actuación insatisfactoria para los líderes criollos. Uno de los Alcaldes Ordinarios lo acusó ante la Audiencia de Charcas y ésta comisionó por juez pesquisidor a Juan Arias de Saavedra, teniente de Corrientes. Este, puesto de acuerdo con los capitulares, suspendió al Gobernador en sus funciones, lo remitió preso al asiento de la Audiencia y confió el mando político y militar al Cabildo de Asunción. Dicha corporación se negó a reconocer a un Teniente designado por Corvalán y conservó el poder por espacio de un año. Durante el lapso de su interinato le correspondió rechazar la última y más grande de las incursiones de los “bandeirantes’ de San Pablo; que en febrero de 1676 despoblaron la Villa Rica de Espíritu Santo y cautivaron a los indios d las reducciones circunvecinas. La asunción del mando superior por el Cabildo, no prevista en la legislación de la época, y el rechazo de un Teniente debidamente nombrado sitúa estos acontecimientos en el campo de la acción comunera.

Constituye éste uno de los más serios choques entre Gobernador y Cabildo y contribuye a incrementar la influencia directiva del mencionado cuerpo municipal. Nuevamente aquí, lo paraguayos se alzan contra un gobernante que no satisface sus apetencias de libertad y buen gobierno, entendida libertad por respeto de los derechos que dentro del sistema político español les son reconocidos y buen gobierno, por aptitud para asegurar la supervivencia, del Paraguay y una llevadera convivencia social.

En la última década del siglo XVII, se produjo otro conflicto entre ambos árganos de autoridad, aunque resuelto éste sin salir del marco de las leyes: el gobernador Sebastian Félix de Mendiola fue acusado también por el Cabildo y remitido preso hasta. Buenos Aires. A su regreso, observó conducta más respetuosa y sosegada respecto del vecindario.

El último acontecimiento de los anteriores a la gran Revolución, Comunera del siglo XVIII fue la deposición del Gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez dispuesta en enero de 1705 por el mismo Cabildo de Asunción y ejecutada por el general José de Avalos y Mendoza y por el maestre del campo Sebastián Fernández Móntiel. El referido magistrado superior había mostrado en el ejercicio de su cargo, ineptitud para el mando, arbitrariedad en su proceder y nepotismo en la selección de sus colaboradores más inmediatos, todo lo cual resultaba chocante para la población. El Cabildo considerándolo incapacitado para el cumplimiento de sus funciones; instó a su Teniente, el citado Avalos, a asumir la suprema autoridad. Hubo despliegue de fuerzas de ambos bandos, resultó depuesto el Gobernador y de todo lo actuado se rindió pormenorizada cuenta al Virrey y a la Audiencia, que desaprobaron y condenaron la conducta de los criollos. Los protagonistas de este interesante suceso tuvieron todos destacada actuación en tiempos de Antequera.

BIBLIOGRAFIA.
Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”


-Los comuneros del Paraguay - antecedentes.
Si se busca determinar los antecedentes de nuestra revolución comunera del siglo XVIII, de inmediato y por más conocidos saltan a la vista tres acontecimientos: la deposición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1544, la de Felipe de Cáceres en 1572 y la resistencia armada del Obispo Gobernador Fray Bernardino de Cárdenas, con el Cabildo de Asunción y pueblo todo, contra un ejército levantado en las reducciones jesuíticas por orden del Virrey.
Por causa de los hechos ocurridos nos dice Cecilio Báez la población se dividió en dos bandos o parcialidades políticas las cuales dieron origen, a las llamadas revoluciones comuneras, que duraron hasta mediados del siglo XVIII.

Aun así, no. podemos considerar las turbulencias entre conquistadores como parte necesaria del proceso comunero del Paraguay. En efecto, en el Perú, en el Darién, en Panamá en Cuba y hasta en la Española desde los primeros días de la presencia castellana en América; se produjeron situaciones similares. Gonzalo Pizarro, Balboa, Cortés e inclusive Roldán, en ‘su enfrentamiento con los hermanos Colón, fueron protagonistas de aventuras equivalentes a las da los pobladores de la Cuenca del Plata. No debe perderse de vista, sin embargo, señalado por Báez, o sea que en el Paraguay se produjeron hechos de similar naturaleza en las centurias posteriores.

Aceptando, o no la existencia de una vinculación causal directa, debemos señalar que en los objetivos esenciales hay gran similitud entre los alzamientos de los comuneros paraguayos de, los siglos XVII y XVIII y la causa de sus abuelos conquistadores, especialmente en los movimientos contra Cabeza de Vaca y contra Cáceres. Libertad y buen gobierno son los-fines últimos en todos estos casos.

No constituyó el siglo XVI una época tranquila: además de los hechos recordados, debe hacerse mención de la sostenida pugna de iralistas y alvaristas, con los trágicos episodios que sucesivamente tuvieron por centro las figuras de Francisco de Mendoza, Diego Abreu y Nufrio de Chávez, y la creciente inquietud de los conquistadores por la tardanza de Irala en repartir tierras y encomiendas de indios, a punto tal que dos de los más impacientes, Urrutia y; Camargo, fueron ejecutados por orden de aquel gobernador.

También sonde esa época las turbulencias del Guiara, con el enfrentamiento de Alonso Riquelme de Guzmán y Ruy Díaz Melgarejo, las alteraciones del corto gobierno de Ortiz de Zárate y muy especialmente la sublevación de los, mestizos de-Santa. Te, todavía no bien estudiada, primera, manifestación de la inquietud cívica y del temple, de los “mancebos de la tierra”

Otro antecedente, más remoto, mencionada con frecuencia en la historiografía paraguaya del último tercio del siglo puede hallarse en el alzamiento de las comunidades castellanas en 1520. Los comuneros de Castilla, con su defensa de tos fueros locales, sute un absolutismo, en crecimiento, y con su afirmación de lo nacional, frente a la corte cosmopolita de Carlos V, presentan notable similitud con la idiosincrasia de los paraguayos en su lucha secular. Díaz Pérez supone que muchos antiguos comuneros se habrán enrolado en la armada de Mendoza manteniendo viva la fe en sus ideales, y es de notar que Alvar Núñez Cabeza de Vaca había ganado el favor real, por su celo en la represión del referido movimiento popular en Andalucía. Pese a ello, aun reconociendo analogías, no puede admitirse sin otros argumentos una vinculación directa e indiscutible.

Dos testimonios, que hacen relación al pronunciamiento paraguayo de 1544, resultan altamente sugestivos; Luís de Miranda de Villafaña, en los primeros versos de su antes mencionado Romance, entronca la acción de los conquistadores en este acontecimiento con la lucha de los comuneros castellanos y precisamente “Comuneros” fue el nombre que los vencedores dieron a la embarcación, la primera construida en América que cruzó el Océano, destinada a conducir cautivo al. Adelantado.

Comienzo de aquel su vocación, cantando:

“Año de mil y quinientos
que de veinte se decía,
cunado fue la gran porfía
en Castilla,
sin quedar ciudad ni villa,
que a todos inficionó,
por los malos, digo yo,
comuneros,
que los buenos caballeros
quedaron tan señalados,
afinados y acendrados
como el oro.
Semejante al mal que lloro
cual fue la comunidad,
tuvimos otra en verdad
subsecuente:
en las partes del poniente
en el Río de la Plata”.

Puede atribuirse la relación establecida por el poeta a su deseo de indisponer a los iralistas con la corte: todo cuanto significara afinidad con los comuneros castellanos resultaba censurable entonces a; los ojos del Rey-Emperador y de sus consejeros. Más, siempre subsiste con todo su poder sugestivo el hecho de que, se haya bautizado con el desafiante nombre de “Comunero” a la primera nave que desde estas tierras ve enviaba a la Metrópoli.


LA REVOLUCIÓN COMUNERA DEL PARAGUAY (ANTECEDENTES)
La anécdota de los psicólogos del Congreso de Gottinga y la verdad histórica.– El estudio de la Revolución Comunera del Paraguay exige una revisión de numerosos problemas históricos que no ha sido hecha.– Los jesuitas en el Paraguay.– El caos bibliográfico y documental referente al tema.– La Encomienda y la Reducción.– El Paraguay, teatro de la Revolución.– La Asunción comunera, según Fariña Núñez.– La ciudad levantisca.– Asonadas de 1572, de 1645, de 1671.– Paralelismo con la historia peninsular según una frase sugestiva de Estrada.– La llamada «Jesuit Land» fue implacable con los jesuitas.– El comunerismo halla campo favorable en el Paraguay.– La revolución comunera de Colombia y la del Paraguay.– El movimiento de protesta del Paraguay es una de las páginas más interesantes de la historia hispanoamericana.– Los precursores del democratismo europeo, en el Paraguay del siglo XVIII.

Refiere el meritísimo escritor español Juderías Bender en su original obra La Leyenda Negra un hecho extraño más de una vez citado, que nos parece oportuno recordar en la ocasión presente. Es éste:

En un congreso de psicología que en cierta ocasión se reunió en la universitaria ciudad de Gottinga, los congresales hicieron a costa de ellos mismos un peregrino experimento. Una fiesta popular celebrábase a corta distancia de donde se hallaba reunido el congreso. Y sucedió, que repentinamente, se abrieron las puertas del severo recinto, y penetró en el salón de sesiones, nada menos que un payaso, seguido de un negro que le amenazaba con un revólver.

Y en medio de aquel cónclave de psicólogos, el payaso cayó en tierra y el negro le disparó un tiro. Inmediatamente perseguidor y perseguido, ilesos, huyeron. Cuando el docto concurso – nos dice el narrador – se repuso del asombro que tan anómala escena le produjera, el Presidente rogó a los congresales que allí mismo redactasen algunos de ellos una relación del insólito hecho para esclarecer lo acaecido si intervenía la justicia. Cuarenta fueron los relatos. Pero de ellos, diez eran totalmente falsos; veinticuatro contenían detalles completamente fantásticos; y sólo seis, estaban de acuerdo con la realidad. Ocurrió esto, dice irónicamente Bender, en un congreso de psicólogos; y aquellos profesores que tan descaradamente acababan de faltar a la verdad, eran hombres honestos, consagrados al estudio, y que no tenían el menor interés en desfigurar un suceso que acababan de presenciar. ¡«Hecho profundamente desconsolador para los aficionados a la Historia»! – exclamaba – porque si esto acontecía entre personas cultas, de absoluta buena fe «¡qué no habrá sucedido con los relatos de los grandes acontecimientos históricos, de las grandes empresas, que transformaron el mundo, con los retratos de insignes personajes, que han llegado hasta nosotros a través de los documentos más diversos y de los libros más distintos por su tendencia, y por el carácter de sus autores! !Cuántas no serán las falsedades que contengan, los errores de que se hagan eco! Razones más que suficientes, hay, en efecto, para poner en tela de juicio las afirmaciones de los historiadores que parecen más imparciales y sensatos. La historia es, de todas las ciencias, la que más expuesta se halla a padecer el pernicioso influjo del prejuicio religioso y político, y el historiador que debiera escribir imparcialmente, despojándose de toda idea preconcebida y sin más propósito que el de descubrir la verdad, se muestra casi siempre apasionado en sus juicios, parcial en la exposición de los hechos, y hábil en omitir los detalles que destruyen su tesis y en acentuar los que favorecen su finalidad».

Conociendo éste y otros peligros, hemos venido realizando, no obstante, la investigación que ahora toca a su término, deseosos, ya que no de apoderarnos de la verdad (cosa que vemos apenas fue posible en el Congreso de Gottinga, tratándose de un acto presenciado por cuarenta testigos) deseosos, decimos, de facilitar la tarea de los que algún día se animen a internarse mejor preparados que nosotros, en los arriscados senderos que hemos procurado recorrer, en pos de los inciertos indicios y las veladas enseñanzas, que tan dificultosamente proporciona el pasado.

Complejo en su esencia el tema general de las Comunidades peninsulares, así como el subsecuente de sus ramificaciones americanas, se diría que tal complejidad se acentuara al concretarnos al aspecto especialísimo del movimiento comunero paraguayo que apenas nos va a ser permitido reseñar.

Porque para una exacta comprensión de los hechos que integran el caótico período durante el cual se produce la célebre Revolución Comunera del Paraguay, sería preciso realizar una revisión de los numerosos problemas no resueltos y de las emergencias no suficientemente estudiadas, que rodean al interesante momento histórico. No ya para decidirse en pro o en contra de unas u otras personalidades, o en apoyo de éstas y otras tendencias – actitud que puede ser más o menos cómoda, pero no siempre plausible en el investigador – sino para exponer con relativa exactitud los acontecimientos – tan deformados por numerosos historiadores, en su mayoría respetables – sería preciso poner a contribución buena parte de la historia colonial del continente en sus más intrincados aspectos.

Se relaciona íntimamente, por ejemplo, el estudio de esta Revolución Comunera con el problema laberíntico y espinoso de las Misiones Jesuíticas del Paraguay. Y este problema, cómodamente resuelto por la crítica simplista y sectarista de unos y otros bandos, es, sin embargo, uno de los más complicados y difíciles de investigar, dentro del pasado paraguayo, científicamente concebido. Con monótona unanimidad, que, lejos de resultar convincente, nos aparece sospechosa, una extensa pléyade de escritores nacionales y extranjeros, antiguos y modernos, presenta – sabido es – a estas Misiones como uno de los cargos más condenatorios y aun más siniestros de la Compañía de Jesús, desde el punto de vista humano.

Conocemos por razón profesional algunos cientos de indicaciones bibliográficas referentes a los jesuitas en el Paraguay. En su mayoría son adversas a la Compañía, quien sabe si con razón. Y sin embargo, Voltaire, que no podría en forma alguna sernos sospechoso, y que además demostró siempre especial interés hacia cuanto se relacionara con los ignacianos, tiene estas extrañas palabras, en su Ensayo sobre las costumbres: «La civilización en el Paraguay, alcanzada exclusivamente por los jesuitas, puede considerarse, en cierto modo, como el triunfo de la humanidad». No atenuamos en esta ocasión cargos, ni condenaciones, como tampoco acentuaremos defensas. Señalamos un ejemplo, que evidencia cuán aleatorios pueden ser los juicios en materia, por lo visto, no suficientemente estudiada.

Meditando sobre ello se comprende que habría que laborar hondo, y sobre todo laborar serenamente, antes de aceptar como incuestionable cuanto respecto a ese punto tan esencial para el perfecto conocimiento del período histórico comunero amontonó una crítica manifiestamente interesada o apriorística. Entremezclados más o menos directamente los intereses de los jesuitas en el Paraguay con los de otros elementos que intervinieron en la contienda comunera, recayó sobre algunos aspectos de ésta, la desconcertante confusión nacida de la ingente masa de literatura tendenciosa de los liberalistas, de los anónimos, de los sectarios, que tomaron parte en la lucha material originaria y en la polémica subsiguiente. Muchas fuentes de información quedaron a causa de ello contaminadas con el detritus de la parcialidad y aún del odio. Se recurrió a la publicación, no ya anónima, sino apócrifa, a la aderezada como perteneciendo a un partido ) contraria en el fondo al mismo; a la mixtificación documental y bibliográfica... Es conocida, por ejemplo, la importancia que los historiadores contrarios a las Misiones, conceden al célebre Memorial de Anglés y Gortari favorable al héroe comunero Antequera y contrario al régimen misionero. Y, sin embargo, no es tan conocida la afirmación de los defensores de las Misiones del Paraguay, en contra del conocido Memorial, al que denominan pseudo Gortari, y del que afirman, fue aderezado o amañado por una mano encomendera.

El antagonismo existente entre jesuitas por uno parte y franciscanos por otra; o, también, entre los representantes del régimen misionero y los de las autoridades civiles, fue base también, de abundante información apasionada. A ella habrá que añadir, asimismo, la engendrada con motivo de los pleitos territoriales planteados entre las naciones española y portuguesa, en el Río de la Plata, así como las novelescas exposiciones y narraciones que, en diversos sentidos, enmarañaron los problemas históricos de este agitado período del pasado hispanoamericano.

Establecido, durante los primeros tiempos de fa Conquista, el régimen de trabajo denominado de las Encomiendas, que era el civil, el de los creadores de la ciudad y de la familia coloniales, el de los desbrozadores de la selva, el de los «blanqueadores» de razas, es sabido que tal sistema fue atacado más tarde (dando origen a la literatura más tendenciosa, apasionada y cruel que existe contra España) por quienes, de buena fe, lo tacharon de inhumano; y por los que interesados en favorecer la llamada «Conquista espiritual», propiciaron el régimen de la Reducción: el mecanismo de dominio y de trabajo patrocinado por los misioneros, que al fin triunfaron.

La lucha que manifiesta o subterráneamente se entabló entre los defensores de la Encomienda y los de la Reducción, produjo asimismo su correspondiente documentación conexionada con los sucesos de los Comuneros. Y a ella habría aún que añadir, la derivada de los inevitables conflictos entre las diversas instituciones político o administrativas de la era virreinal; la de los antagonismos entre las naturales entidades de la región o de la provincia (animadas de explicables anhelos de autonomía) y las artificiosas de las jurisdicciones políticas; o, reduciendo el escenario: entre los inmediatos y a veces vitales intereses locales, germinados al calor de la comunidad o el Cabildo, de la Región, de la Provincia, y los lejanos intereses políticos – por desgracia no siempre claros – de las Audiencias y los Virreyes.

De semejante caos informativo – en el que hemos visto naufragar a meritorios historiadores – vamos a entresacar algunas indicaciones que nos permitan conocer, siquiera esquemáticamente, los hechos salientes mediante los cuales la célebre Revolución de los Comuneros del Paraguay, se eslabona en la luenga y honrosa serie de ensayos libertadores realizados por la estirpe hispana antes de los días de la Emancipación.

Por un curioso paralelismo con el pasado peninsular (en el que ya vimos de qué modo España pasara a la historia como la nación absolutista y de los Felipes y no como el pueblo de las libertades forales, de las Comunidades y de las Cortes) el Paraguay, que algún día había de describirse como naturalmente dominado por Francia y los López, fue, empero, en su era histórica antigua, altiva provincia, señalada más bien como levantisca, como foco de inextinguibles agitaciones, como teatro de incesantes y extraordinarias rebeldías, y aun cuna, como alguien afirmara, del liberalismo en América.

No es retórico lirismo el de la evocación que, de la legendaria sede asuncena, hiciera el poeta, nuestro amigo y hermano espiritual, Eloy Fariña Núñez, en las páginas clásicas, serenas de su virgiliano Canto Secular. En ella, no hizo el vate otra cosa que dar forma imperecedera, en verbo de artista, a una verdad histórica. Y ved como surge ante el aeda la visión de la antigua ciudad hispanoamericana: Dice el poeta:

¡Asunción, la muy noble y muy ilustre,
la ciudad comunera de Las Indias,
madre de la segunda Buenos Aires,
y cuna de la libertad de América!

Prolongación americana un tiempo

de las villas forales de Castilla
en las que floreció la democracia,
de que se enorgullece nuestro siglo,
en pleno absolutismo de Fernandos...

En tus calles libróse la primera
batalla por la libertad; el grande
y trunco movimiento comunero
te tuvo por teatro; el verbo libre
de Mompó, anticipó la voz vibrante
del cálido Moreno; el sol de mayo
salió por Antequera.

¡Arrodillaos, opresores todos!
¡Compatriotas, entonad el himno!

Y aun añade después de una sentida estrofa dedicada a la libertad:

Sea execrada la memoria infame
de todos los tiranos y opresores,
y bendecida siempre la memoria
de los infortunados Comuneros.

Un bello monumento perpetúe
aquel soberbio y trágico episodio...

Fue, en efecto, altiva, la antigua sede paraguaya, cuando no revolucionaria. Durante el Virreinato, «las agitaciones del Paraguay – dice el Deán Funes – (Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, en Buenos Aires. 1816, T. Il) sólo cesaba lo que era necesario para tomar aliento. Su teatro – añade – no podía estar vacío mucho tiempo de esos dramas revolucionarios que lo habían ocupado tantas veces».

Y el Contralmirante español Miguel Lobo dice: (Historia General de las Colonias Hispanoamericanas, Madrid, 1875, T. I). «Esta colonia vio con frecuencia interrumpida la tranquilidad, presenciando más de una vez la prisión de sus Prelados, la destitución de sus primeras autoridades y otros trastornos infalibles en república que – puede decirse –, no tuvo por asiento el respeto a la justicia, y mucho menos a los encargados de administrarla».

Así fue realmente. Ya, desde los primeros momentos de la conquista, se observa esta característica. En los lejanos días de Felipe de Cáceres, en los albores de la indecisa vida colonial, en 1572, ya Martín Suárez de Toledo, lánzase a las contadas calles de la incipiente Asunción al grito de protesta.

Cuenta el caso, el glorioso cronista Ruy Díaz de Guzmán, ilustre hijo del pueblo hispano-paraguayo y primer historiador del Río de la Plata:

«... Al tiempo – dice – que sacaban de la iglesia a Felipe de Cáceres para ponerle en prisión, salió la plaza Martín Suárez de Toledo, rodeado de mucha gente armada, con una vara de justicia en las manos apellidando libertad; y, juntando así muchos arcabuceros, usurpó la real jurisdicción... Y al cabo de cuatro días, mandó juntar a cabildo para que le recibiera por Capitán y Justicia Mayor de la provincia... con que usó el oficio de la real justicia, proveyendo tenientes, despachando conductas y haciendo encomiendas y mercedes...».

Hemos indicado antes de ahora el papel que correspondiera a los Cabildos en la historia de lo diversos movimientos liberadores del Continente como centros de autonomismo y como encarnación del sentimiento netamente ibérico, democrático, de los distintos pueblos del Nuevo Mundo.

El cabildo asunceno – que ya veremos hasta qué punto llevó la exteriorización de dichos sentimientos – se había señalado, como queda dicho, desde sus momentos iniciales, en este sentido.

Entre otros hechos, dos, especialmente, nos lo recuerdan.

En 1645, el Cabildo, contra los derechos del Virrey del Perú, de la Audiencia de Charcas, elige coma gobernador, nada menos que al célebre levantisco Obispo Fray Bernardino de Cárdenas, quien, en unión del pueblo y sin detenerse en detalles, expulsa a los jesuitas promoviendo uno de los más ruidosos alborotos políticos que registra el pasado rioplatense.

En 1671, siendo Gobernador del Paraguay don Felipe Rege Corvalán, como fuera acusado de negligencia en el desempeño de sus funciones, el Cabildo acordó la destitución del mandatario, que fue depuesto, apresado y remitido a la Audiencia de Charcas, haciéndose la Comunidad cargo del mando político y militar de la Provincia, con este motivo. La enumeración de casos similares sería interminable.

Las lucha, asimismo, del Cabildo contra la Compañía de Jesús no fueron menos enérgicas, llegando a veces a la violencia, y en más de una ocasión, a la expulsión de la Compañía, con asombro y sobresalto general de las autoridades virreinales a las que, incesantemente, inquietaban las estupendas convulsiones de la Comuna asuncena.

Hemos hablado de paralelismo con la historia peninsular. Ved aún un ejemplo, referente al punto que tratamos. Como España viene a ser, ante sus enemigos, representación de la nación inquisitorial por antonomasia (aunque, repitámoslo siempre, ni la Inquisición fue obra española ni en España entró sino violentamente) el Paraguay, del cual el nombre tantas veces fue vinculado al de los jesuitas (hasta el punto de que el escritor Koebel titula una obra In Jesuit Land) registra en su historia la más constante, ruidosa y violenta lucha que pueblo alguno sostuvo contra la Compañía.

«En el Paraguay dice a este propósito el Deán Funes eran mirados estos religiosos como enemigos». La aversión a ellos añade «crecía como crecen las plantas ponzoñosas a la sombra de los árboles» (Ensayo etc., T. Il).

Ya veremos cómo se exterioriza esta aversión cuando la Comunidad ejerza el mando supremo en el período de la Revolución Comunera.

El investigador argentino José Manuel Estrada, a quien debemos el interesante Ensayo sobre la Revolución de los Comuneros del Paraguay (¡única obra existente sobre el tema, dejando aparte la de Lozano!), ya observará en cierta ocasión este amor a su autonomismo por parte de los antiguos hijos de la Colonia. «Los paraguayos eran, dice, celosos de su derecho, y en repetidas ocasiones probaron que sabían buscar con energía el ideal en que fundada o ilusoriamente cifraban la ventura común y resistir con vigor a todos los avances de las doctrinas, o de los poderes opuestos. Así se mantenía el nervio popular... ( «Ensayo... » ) .

Y como estas afirmaciones contradirían en algún modo las conclusiones que constituyen la tesis de la obra que a su debido tiempo estudiaremos, añade el culto escritor:

«Mas o renunciamos a explicarnos el fenómeno extraordinario, que encierre su historia (la historia del Paraguay), o convenimos en que la altivez y la actividad apasionada de los partidos, se conservaban o se producían durante el coloniaje, merced al elemento puramente español, que predominaba en las altas regiones y que estimulaba perseverantemente el ánimo de la multitud».

El mismo Estrada, censurando ciertos aspectos de la Revolución Comunera, tiene en otra ocasión esta frase sugerente a la que él mismo no concede el valor que realmente posee:

«Pareciera – dice – que el corazón de Irala latiera en todos los pechos (paraguayos), reproduciendo exagerado en el nuevo pueblo el orgullo de los Fueros vascongados».

He aquí, una pequeña alusión interesante: en el nuevo pueblo latiera el orgullo de los fueros vascongados...! Esta verdad, empero, a Estrada, que no era federalista ni partidario de las Comunas y de los antiguos fueros municipales hispanos ni hispanoamericanos, nada le dice; porque nada dice en realidad a quien estudie aisladamente el derecho de estos o aquellos fueros peninsulares, sin ver en el vasto y típico sistema íbero, la expresión del tenaz sentimiento la libertad exteriorizada sistemática y característicamente en la contienda secular del pueblo español, que halla su culminación en el sacrificio heroico de la Guerra de las Comunidades y sus ramificaciones en el Nuevo Mundo.

No es pues de extrañar, dados estos antecedentes, que un movimiento como el de los Comuneros españoles, que hemos visto repercutir más o menos remotamente en América, encontrarse campo especialmente favorable en el Paraguay. Lo halló a su hora, cuando los problemas de la Comunidad y del autonomismo regional, en pugna en una u otra forma con las rigideces del centralismo, revelaron al pueblo su vinculación inmediata, tradicional, y natural, con la entidad popular democrática y netamente hispana del Cabildo, en oposición a la arbitraria de las jurisdicciones políticas absolutistas representadas en cierto modo por la Audiencia y el virreinalismo. Y nos hemos detenido en estos antecedentes porque ellos explicarán, más tarde, como un credo que aparentemente, viene de allende fronteras, produce tan rápidos y violentos efectos en el ambiente paraguayo, descrito no pocas veces como una especie de mar muerto, inmovilizado por el influjo de la Compañía de Jesús y la férula de las sucesivas dictaduras.

La Revolución Comunera del Paraguay fue anterior a la de la Nueva Granada, e indudablemente, podría verse en ella la primera agitación americana liberadora: como la continuada de las Comunidades españolas fue anticipo de célebres luchas posteriores, más afortunadas, ya que su sacrificio culminó en el triunfo de la libertad.

Acaeció el movimiento comunero colombiano en 1780. El del Paraguay, puede decirse comienza en los días del Gobernador Don Diego de los Reyes Balmaseda, teniendo, a nuestro parecer, su primer momento de exteriorización en el Cabildo abierto de 1723.

Fue de breve duración el movimiento de la Nueva Granada. Perduró a través de luengo período de tiempo el del Paraguay, que, desde 1723, persiste en ininterrumpida actividad, hasta la derrota de los Comuneros por Bruno Mauricio de Zabala en 1735; enorme interregno si se medita que la lucha se inicia henchida de violencia, como no se registran, acaso, otras en el pasado rioplatense. En este período, desde 1717, en que toma posesión Reyes Balmaseda, hasta la derrota de 1735, desfilaron por el gobierno del Paraguay quince mandatarios. Durante este período, hubo batallas en las calles y en los campos, entre Comuneros y Virreinalistas; vienen de luengas tierras héroes y tribunos populares que levantan en masa el país; se predica ruidosamente en las calles asuncenas (que algún día, silenciosas, verían la figura claustral del Dictador Francia deslizarse solitaria), se predica, decimos, la doctrina de la prioridad de El Común sobre toda otra autoridad; el pueblo y el Cabildo gobernarán autónomamente; se creará, con asombro de los tiempos, nada menos que una Junta Gubernativa, en pleno siglo XVIII, cuando aún no se había producido la Revolución francesa. Y esta Junta Gubernativa elegirá un Presidente de la Provincia del Paraguay; y aún hará algo más: expulsará violentamente a los jesuitas anticipándose al temerario acto de Carlos III, que tanto sorprendió a Voltaire. Y tales serán las proporciones que asumirá el movimiento, que, representantes del Virrey, vendrán a sofocarlo. Y serán derrotados. Y todo resultará excepcional, anarquizante y extraordinario. Un obispo, como en tiempo de Fray Bernardino de Cárdenas, ejercerá funciones de gobernador asumiendo el mando por decisión del pueblo.

Durante esta revolución, en suma, como dice Estrada, «van a levantarse a la mirada del historiador partidarios fanáticos, vaciados en el molde de Clodio; tribunos revolucionarios a manera de Dantón; políticos hábiles y víctimas ilustres dignas de vivir en la memoria de las presentes y venideras generaciones de América».

Tal será la conflagración que conmoverá los cimientos del gigantesco edificio de la Compañía de Jesús preparando su caída en los días de Carlos III, por donde el Paraguay vendrá a vincularse a la gran historia universal.

Y perseguidos y expulsados los jesuitas, se verán obligados a tomar parte en la lucha. Y entonces, como dice con gráfica frase el Dr. Cecilio Báez (¡en el único estudio paraguayo que existe sobre los Comuneros, aparte del capítulo de Garay en su Historia!) entonces, arderá Troya. Los jesuitas tocarán todos los resortes para imponerse. «El Papa, el Rey, el Virrey, la Audiencia de Charcas, todas las potestades soberanas» entrarán en juego hasta que la causa de la Comunidad, desmayada y agotada, en lucha contra innúmeras adversidades, venga a ser ahogada en sangre, como lo fueran las Comunidades castellanas, o las Germanías de Valencia, o El Común colombiano; permitiendo el triunfo del absolutismo centralista, que en España se afianza luengo tiempo y en América caduca en los días nemesiacos de la Emancipación.


LA REVOLUCIÓN COMUNERA DEL PARAGUAY
El grito de «Libertad» en los primeros momentos de la vida asuncena.– Irala (1544); Martín Suárez de Toledo (1572); Antecedentes de la rebelión.– Don Diego de los Reyes Balmaseda.– Impopularidad.– El Informe de Anglés y Gortari y otros elementos de juicio.– Necesidad de una revisión crítica de hechos y de testimonios.

Don José de Antequera y Castro, arriba al Paraguay.– Diversos juicios emitidos sobre el Jefe Comunero.– El conflicto entre la autoridad virreinal y la comunal.– El Común asunceno se declara soberano.– Expulsión de los jesuitas en 1724.– Antequera, remitido a Lima.

El encuentro con Fernando de Mompós.– El extraño apóstol-tribuno, deviene el nuevo Jefe Comunero.– Comuneros y Contrabandos.– El Común, autoridad suprema del Paraguay. Una «Junta Gubernativa» y un «Presidente» en 1730.– José Luis Bareiro.– La primera traición.– Suplicio de Antequera.– Nueva expulsión de los jesuitas.

Se extingue la Revolución; que fue un eco trágico y significativo, honroso para la historia del Paraguay, de la enconada lucha por rechazar el absolutismo monárquico (centralista y foráneo), opuesto al antiguo régimen hispano de los Fueros, de las Autonomías regionales.

Indicamos en el anterior capítulo, algunos antecedentes que precedieron, en la interesante historia hispano-paraguaya, al movimiento – que vamos a reseñar finalizando este ensayo sobre el Comunerismo –, a la vez que señalábamos algunas de las dificultades existentes para su estudio. Vimos también de qué manera desde los primeros días de la Conquista, la naciente ciudad de la Asunción, fue teatro de turbulencias promovidas más o menos casuísticamente al grito de Libertad, tan caro a aquello inquietos conquistadores que acababan de abandonar la agitada patria hispana cuna de las Comunidades.

Es curioso constatar que este grito peligroso, tantas veces antaño y hogaño transformado en disfraz y señuelo de deplorables ambiciones, resuena ya en las rudimentarias calles asuncenas apenas fundada la ciudad colonial. En 1544, a la voz de «¡Libertad!» los partidarios de Martínez de Irala prenden al gran Álvar Núñez. No eran dueños aún del suelo que pisaban aquellos osados argonautas y ardía ya en ellos, como observa Zinny, el fuego de los antagonismos. Nosotros nos permitimos sugerir que si algún día se ahondase en el estudio de estos antagonismos, se vería que ellos arrancaban de las luchas castellanas, de las divergencias de los partidos y regímenes peninsulares entonces en pugna.

Irala, el cofundador, el coiniciador del núcleo hispano paraguayo deponiendo a Álvar Núñez, el Adelantado, el «enviado», podría resultar el primer insurgente de la historia paraguaya, el cual aunque en forma poco simpática, ya representa en cierto modo, y de ahí su grito de «Libertad», un precoz sentimiento de autoridad local, de vida autónoma en el núcleo originario, que ensaya oponerse al mandatario del exterior. Podría representar el vasco Irala, en el reducidísimo escenario, un aspecto del característico antagonismo íbero entre las pequeñas entidades autónomas, del terruño, locales, y los representantes del poder absoluto centralista, contrario a todo fuero.

Después de Irala, veremos a Martín Suárez de Toledo, lanzándose a su vez a las calles al grito igualmente de «Libertad», cuando la caída de Felipe de Cáceres. Y los ecos de estos gritos continuarán repitiéndose en la historia paraguaya, hasta los días de los Comuneros en que alcanzarán culminante resonancia transponiendo clamorosos y amenazantes los limitados ámbitos de la región y llegando a inquietar las Audiencias y los Virreyes lejanos.

Son antecedentes, éstos, dignos de ser tenidos en cuenta, puesto que ellos explicarán cómo ideas que al parecer vinieron de fuera, importadas, según se ha sostenido generalmente, por el revolucionario Antequera y el tribuno Mompó, prenden rápida y violentamente en el ambiente hispano-paraguayo produciendo la conflagración Comunera.

Procuraremos, ahora, bosquejar una rápida exposición de los hechos que motivaron y constituyeron el luengo y complicado capítulo paraguayo en la gran epopeya de nuestros antepasados, los grandes varones de la estirpe común extendida a uno y otro lado del océano.

Sabido es que, en 1717, tomaba posesión del cargo de Alcalde Provincial de la Asunción don Diego de los Reyes Balmaseda, contraviniendo una Ley de Indias que prohibía proveer cargos en vecinos de la ciudad donde habían de ser desempeñados, ley que por lo visto, no existía o no fue tenida en cuenta en los días del asunceno Hernandarias, primer criollo que ejerció el mando en América.

Contravención aparte, Reyes no supo hacerse grato en el gobierno. No es posible – advirtámoslo ya – detenernos a juzgar aquí a Reyes ni a los innumerables personajes que irán interviniendo en los acontecimientos. Ya indicamos cuán contaminada de parcialismo es la documentación a ellos referente. Reyes, según los partidarios de los Comuneros, resultaría un gobernante arbitrario y odioso. Pero versiones opuestas le presentan como una víctima de intrigas locales que terminaron por perderle. Asimismo, Antequera, héroe y mártir de la jornada, fue pintado como un usurpador ambicioso y rapaz o ensalzado a la altura de las figuras epopéyicas. Tal acontecerá con las demás personalidades de la época.

No nos proponemos en esta ocasión hacer crítica sobre los complejos incidentes de este período en el que intervinieron según la gráfica frase de un crítico, «todas las potestades soberanas» con sus respectivos representantes. No podríamos, por lo demás en esta sinopsis, juzgar hechos que en su mayoría permanecen aún en el proceloso mar de la documentación no depurada. Evitaremos así en lo posible la actitud poco científica, de quienes conviniendo en que los testimonios existentes son contradictorios, no vacilaron, empero, en juzgar, ya con acritud, ya con entusiasmo, los hechos. Consigna por ejemplo, Estrada, en su Ensayo, que Charlevoix en su célebre Historia como enemigo de los Comuneros, no armoniza en la narración de los acontecimientos con las versiones de los partidarios de Antequera. Y que las cartas del Obispo Palos al Rey, y a Antequera, así como las de éste; o, el citadísimo Informe de Anglés y Gortari, son piezas todas ellas «que se contradicen terminantemente». Pudo haber añadido el erudito argentino a estas piezas otras tantas de su género y la contradicción no hubiera desaparecido. Porque para ello sería imprescindible, repetimos, un previo análisis crítico de la documentación existente.

Sobre la base de estas previas advertencias, afirmamos que don Diego de los Reyes no supo captarse la simpatía de sus gobernados. Prescindió del consejo de los principales del país y, como observase la existencia de un núcleo de enemigos, persiguió a sus representantes, entre ellos al Regidor General José de Avalos y Mendoza, personaje prestigioso a quien antes había procurado atraerse sin resultado. Ya por entonces – consignemos el hecho – apareció una Memoria anónima agraviante para Reyes. Esta Memoria – primera de una deplorable serie que caracterizará a la época – fue atribuida a Avalos o por lo menos a sus amigos, los magnates, habituados por tradición encomendera, a obrar ex super et contra jussiempre que les convenía. Reyes, que produce la impresión de los mandatarios bien intencionados pero impopulares, procuró contener los avances de la animosidad creciente, pero no logró realizarlo.

Se vio obligado a perseguir duramente a los amigos y la familia de Avalos. De ésta, Don Antonio Ruiz de Arellano, yerno del Regidor, huyó de la Asunción y se refugió en Charcas. Las acusaciones llegadas a la Audiencia contra Reyes obligaron a que ésta dictase dos autos. Por uno de ellos, en enero de 1720, el juez Don José de García Miranda, residente en la Asunción, intimaba a Reyes en nombre de la Audiencia, a libertar a sus perseguidos y le exigía la aclaración de los cargos formulados. A la intimación del juez, Reyes, respondió haberse ya dirigido a Charcas; y persistió en su actitud.

Pero las acusaciones de tantos enemigos resultaban graves. Aparecía Reyes como promotor de una guerra a los indios, contra disposiciones reales y en perjuicio de la tranquilidad de la Provincia; se le acusaba de haber tomado militarmente los caminos para impedir llegasen quejas a Charcas, interceptando la correspondencia; se le recordaba estar incapacitado para el mando sin dispensa; etc. De aquí el otro auto, por el cual, se le ordenaba al Cabildo exigiera a Reyes la inmediata presentación de la dispensa de naturaleza y que, en caso de no existir ésta, fuese depuesto.

Reyes desacató también al Cabildo arruinando su causa definitivamente. Con torpeza suma transformó una lucha poco menos que personal en política, proporcionándole caracteres transcendentes. Menospreciando al Cabildo hiere la representación típicamente popular, que como el Municipio hispano, luchará por hacer respetar sus fueros; y ya veremos como ese sentimiento característico de autoridad comunal hollada, se complica, alimentando una revolución que no termina sino después de formidables esfuerzos.

En esta ocasión, ante el desacato de Reyes, es cuando la Audiencia de Charcas, resuelve enviar (20 de noviembre de 1721) un representante a la Asunción para que informe sobre tan anómalo estado de cosas, y nombra, como tal Juez inquisidor, a Don José de Antequera y Castro, que estaba llamado a ser el famoso Antequera, héroe de La Revolución Comunera en el Paraguay, mártir de ella más tarde, expiando en el cadalso de Lima su gesta enigmática y ruidosa.

Arribó Don José de Antequera y Castro a la Asunción el 23 de julio de 1721 (27, según Garay, 15 de setiembre según Zinny) fecha memorable en los anales hispano-paraguayos ya que marca el comienzo de un período de inauditas emergencias que no terminará hasta 1735, catorce anos después.

Portaba el héroe un pliego cerrado, que debía abrirse en presencia del Cabildo. Eran las instrucciones de la Audiencia para el caso de que resultase demostrada la culpabilidad de Reyes. Según estas instrucciones, en el caso mencionado, Antequera debía asumir el mando.

Reunido el Cabildo, Reyes resultó culpable siéndole probadas las acusaciones mediante numerosos testigos (¡Honi soit qui mal q pense!). Y don José de Antequera tomó, en consecuencia, posesión del mando (14 de setiembre 1721) iniciando el juicio contra Reyes, al que dio su casa por cárcel y amplia libertad para su defensa. (Se dice que ésta vino a formar un monstruoso conjunto de setenta y seis expedientes con unas catorce mil páginas). Pero que temeroso el depuesto Gobernador de alguna violencia, huyó a Buenos Aires. Mas aconteció que en esta ciudad, Reyes vino a encontrar nuevos despachos por los que resultaba repuesto. Y que en virtud de ello tornó a su cargo.

Ésta es la versión de los hechos transmitida por los partidarios de Antequera. No así la de los adversarios, quienes describen al Juez peruano, llegando a la ciudad cuando el Gobernador Reyes estaba recorriendo las Misiones y aprovechando tal ausencia para preparar el proceso más capcioso de que existe memoria.

Nada podemos afirmar en esta ocasión, en uno u otro sentido. La figura de Antequera, está pendiente, como otras de la historia hispanoamericana, de un estudio científico que no ha sido hecho. Acerca de ella existen ditirambos o acusaciones, loas, libelos, pero falta un estudio crítico. Y tan enigmática aparece su verdadera personalidad, que el investigador Cortés llega al colmo de la confusión imaginable, al error que casi tiene algo de simbólico, de creer que hubo dos Antequeras diferentes; el mártir de la libertad, al cual ensalza; y «José Antequera y Castro» que el bueno de Cortés creyó otro personaje, ¡al que describe como un usurpador ambicioso!

Y nos explicamos la confusión del biógrafo Cortés, pues parece inconcebible que sobre una misma persona hayan podido emitirse juicios tan divergentes.

José de Antequera y Castro (Enriques y Castro, dice Zinny) era peruano, natural de Lima y de noble estirpe. Había recibido exquisita educación. Poseía singular inteligencia realzada por el estudio. Sus Cartas al Obispo Palos, y otros documentos que de él hemos leído, son producto de un espíritu culto. Y no es de extrañar que por sus méritos fuese nombrado ya Procurador fiscal, ya Protector de Indios en la Real Audiencia, ya Caballero de la Orden de Alcántara y, finalmente, Juez pesquisidor en el Paraguay. Pero, según frase de Estrada, admirador del Jefe Comunero, «solo un tizne» hallaríamos en él: «su avaricia que corría parejas con su ambición». ¡Y fueron éstos los defectos más tolerables que le conocieron adversarios e indiferentes!

Veamos nosotros su acción al frente de los destinos paraguayos, en lo que se relaciona con nuestro ensayo. A las nuevas del regreso de Reyes, el Cabildo asunceno decide contrarrestar los efectos de la reposición del impopular gobernante, suplicando al Virrey contra ella, y a la vez ratifica solamente el reconocimiento de la autoridad de Antequera.

Reyes – dícese – se detiene en Candelaria; allí es reconocido Gobernador y con auxilio de los jesuitas forma un ejército de indios al frente del cual coloca a su hijo Don Carlos, y avanza hasta Tobatí. Retírase después a Corrientes y allí permanece embargando las mercaderías paraguayas, hasta que emisarios de Antequera se apoderan violentamente de él, y le conducen a la ciudad donde lo encarcelan.

Ante las protestas de Reyes y sus partidarios, el Virrey ordena a Baltasar García Ros, Teniente Real en Buenos Aires, que acuda al Paraguay a reponer a Reyes e intimidar a Antequera que se presente en Lima.

Es en este momento cuando el Cabildo asunceno acuerda solemnemente no acatar ni a Reyes como Gobernador, ni a García Ros como enviado del Virrey; y ratificar una vez más en el mando a Don José de Antequera. Y es, a nuestro parecer, éste el momento en que reafirmándose el Cabildo en su soberanía, inicia realmente la Revolución.

La comunidad asuncena es, a partir de este hecho, árbitro de los destinos del país.

Así lo comprenden las autoridades reales que conminan al Gobernador de Buenos Aires, Don Bruno Mauricio de Zabala, a que se dirija a Asunción. Delega éste en García Ros que parte con dos mil hombres auxiliado por los jesuitas. Son todos los poderes reales: el Virrey, el Gobernador, la Compañia, el Ejército, los que ahora amenazan al Paraguay. Pero el Cabildo (julio, 1724) ha resuelto resistir; y más aún: reunido de nuevo en 7 de agosto de 1724, decreta nada menos que la expulsión de los jesuitas en el perentorio término de tres horas... Y lo que el monarca Carlos III había de hacer, no sin sigilosos y arduos preparativos, el 31 de marzo de 1767 (con estupefacción de la cristiandad y asombro de Voltaire), lo realiza instantáneamente el Cabildo Asunceno en aquellos angustiosos momentos. «Puesta la tropa sobre las armas – dice el Deán Funes – atravesaron la ciudad estos religiosos, de dos en dos, por entre una multitud que corrió a ver el espectáculo».

Consumado aquel acto, Antequera marcha al encuentro del ejército invasor que acampaba en el paso del Tebicuarí. La suerte le es favorable y merced a una estratagema de guerrillero logra desbaratar las fuerzas de García Ros y derrota al ejército real, regresando triunfante a la Asunción.

Mas, por desgracia para su causa, el nuevo Virrey del Perú, el enérgico Marqués de Castelfuerte, ordena terminantemente a Zabala que se dirija personalmente al Paraguay, prenda a Antequera y le remita a Lima. Y el Gobernador de Buenos Aires, al frente de un ejército reforzado con seis mil guaraníes misioneros se dirige, en enero de 1725, contra los revolucionarios.

Ante esta amenaza, Antequera tiene que abandonar la ciudad para reclutar elementos, dejando en ella como delegado a don Ramón de las Llanas. Zabala entra en la Asunción (29 abril, 1725) liberta a Reyes y nombra Gobernador interino a don Martín de Barúa.

Y he aquí que, en la imposibilidad de resistir Antequera, se ve obligado a refugiarse en Córdoba. El destino ahora le será adverso; ya no se volverá al Paraguay. Su obra será continuada. Los vientos por él agitados engendrarán tempestades, pero él ya no las presenciará.

Esperanzado en la Audiencia, se dirigirá a Charcas donde será preso y remitido a Lima.

Nos encontraremos ahora ante un caso extraordinario y novelesco. Y es el de que, ya en la cárcel de Lima, Antequera, fuertemente engrillado y su vida amenazada, por singular ironía del destino, en los momentos en que su poderío humano decae, sus ideas en cambio vienen a recibir inesperado nuevo impulso. Es que en la soledad de la prisión, Antequera ha encontrado la amistad de un espíritu entusiasta y raro: el de Don Fernando de Mompós, como él también privado de libertad. Este extraño Mompós, era un espíritu vehemente y exaltado, animado por nobles impulsos de apostolado y proselitismo. Las prédicas comuneras de Antequera, habían hecho nacer en su corazón la quijotesca empresa de continuar la obra de Antequera en el Paraguay, luchando en él por la libertad. Obsesionado por esta noble idea, no sabemos cómo, sale de su prisión, ni qué instrucciones recibiera. Sólo sabemos que abandonando a Antequera, logra encaminarse al Paraguay.

No poseemos datos sobre esta singular figura. El historiador Miguel Lobo confiesa que le fue imposible conocer su origen. Estrada dice que era abogado de la Real Audiencia. No sabemos, ciertamente, de dónde era. Alguien le hace panameño. Su apellido, escrito Mompo, Mompó, y Mompox, debió ser Mompós, denominación geográfica colombiana y española. El P. Lozano dice que «se intitulaba» Fernando Mompó de Zayas el enigmático agitador, al cual llama «mal hombre» y «monstruo abortado en el suelo valenciano», en su Historia de las Revoluciones del Paraguay, obra notable, tesoro de datos importantes, aunque, como es comprensible, en ocasiones apasionada y parcial.

Mompós era elocuente. En Asunción declaróse valientemente Comunero; es decir comenzó a predicar públicamente la doctrina de que la autoridad de la Comunidad no debía reconocer superior. Tribuno entusiasta, explicaba en las calles asuncenas, en 1729, que la voluntad del Monarca y todos los poderes que de ella derivan estaban subordinados a la del Común; que la autoridad de la Comunidad era permanente e inalienable y que ella preexistía a todas las modificaciones de la Monarquía, viniendo a ser forma y molde del Estado... Estas palabras, en opinión de Estrada, condensaban el fondo de las doctrinas de Mompós. El paso de este tribuno por el Paraguay produjo una honda conmoción política. Asunción quedó dividida en dos bandos:

El de los que se denominaban ellos mismos Comuneros y el partidario de las autoridades reales, que fue denominado irónicamente Contrabandos.

Y la revolución latente estalló cuando el Gobernador Barúa, que había sabido hacerse grato al Común fue sustituido en 1730 para nombrar a Don Ignacio Soroeta, pariente del Virrey.

Los Comuneros declararon que no reconocían otra autoridad que la de Barúa y el Cabildo intimó a Soroeta a salir inmediatamente de la Provincia. Soroeta partió y, como Barúa se negase a continuar en el mando, el Común vino a quedar como autoridad suprema del Paraguay.

La revolución comunera había triunfado. Dueños del mando, los Comuneros depositaron la autoridad en una Junta Gubernativa. Recordemos que estamos en 1730; que aún no se ha producido la Revolución Francesa. Y detengámonos un instante, respetuosamente, ante aquellos nuestros antepasados comuneros, que aquí en el Paraguay, como antes en las ciudades castellanas, constituían estas Juntas de Gobierno que si no pudieron triunfar fue porque anticipándose a los tiempos advinieron a la historia antes de la hora propicia.

Llega el momento en que esta Junta Gubernativa, con intuición democrática, elige un Presidente y éste recibe el título de Presidente de la Provincia del Paraguay, siendo designado para ejercerle don José Luis Bareiro. Por desgracia, éste – ¡amargo triste presagio! – siendo el primer Presidente de la Primera Junta Gubernativa del Paraguay, estaba destinado a traicionarla.

Bareiro, en quien acaba de depositar su confianza la representación popular, ¡traiciona, en efecto, la causa de ésta! Tiende una celada a Mompós, le prende y le entrega a las autoridades argentinas. Más humanas éstas, dejan escapar al tribuno que huye al Brasil donde se sume de nuevo en el misterio de donde surgiera...

El traidor Bareiro tuvo que luchar en las calles con las fuerzas que le depusieron. Sucedióle en el mando Miguel de Garay y Ant. Ruiz de Arellano, que envía a Charcas diputados para legalizar los procedimientos del Común. Desgraciadamente la Revolución desmayaba, entrando ya en el deplorable período de la anarquía. En 1721 veremos a un franciscano, Fray Juan de Arregui, ocupando el poder.

Es en estos momentos cuando el repudiado Gobernador Soroeta llega a Lima y denuncia el estado del Paraguay. A sus palabras precipitan la condena de José de Antequera. Éste, muere, como es sabido, camino del suplicio. Todos recordaréis el lúgubre episodio. El pueblo limeño impresionado ante la figura legendaria del caudillo, imploraba el perdón de la víctima. Ésta fue muerta de un balazo antes de llegar al cadalso, en el que no obstante se consumó el feroz formulismo de la decapitación de un cadáver. Cosas del tiempo fueron...

Con el peruano Antequera, perece ajusticiado el paraguayo Juan de Mena, Alguacil Mayor, acusado como cómplice.

La indignación que estos trágicos hechos produjeron en el Paraguay ocasionó sangrientas agitaciones. El pueblo se dirigió al Colegio Jesuítico que fue asaltado y profanado, siendo masacrados algunos padres que inmolaran las turbas en represalia de las víctimas limeñas. Y se produjo una nueva expulsión de la Compañía; era la tercera.

Del furor popular participaron las mujeres, entre las cuales, la hija del ajusticiado Juan de Mena, de luto por su esposo, el comunero Ramón de las Llamas; cuando recibió la impresionante nueva del suplicio de su padre, arrojó las negras vestiduras, presentándose vestida de blanco en homenaje a los sacrificados por la Libertad.

Exhaustas ya las fuerzas populares, sin tribunos como Mompós, traicionadas por lo Bareiros, y sin cabeza dirigente, fueron extinguiéndose lentamente, hasta que Zabala, en 1735, invade de nuevo el Paraguay con seis mil veteranos y vence en Tabapy a los restos de las fuerzas comuneras. Tabapy es el Villalar de estas luchas comuneras paraguayas.

Salvando épocas y ambientes y examinando en conjunto los hechos, en Castilla las Comunidades, en Valencia las Germanías, en Nueva Granada la Revolución Comunera, en el Paraguay la de los Comuneros Paraguayos, aparécennos como formas diversas de una protesta similar formulada por un mismo pueblo herido por parecidos males.

La Revolución de los Comuneros Paraguayos fue, en cierto sentido, una protesta más, un lejano eco trágico de la secular, cruenta lucha entablada entre el absolutismo monárquico centralista y el antiguo régimen hispano de las autonomías locales; entre el poder absorbente y cesáreo implantado a sangre y fuego – repitámoslo siempre, por Carlos de Borgoña –, y el legendario autonomismo peninsular, ibérico; entre la voluntad omnímoda del Imperator augustus extranjero y la de las véteras instituciones populares hispanas, no resignadas a desaparecer, y que, si en el Nuevo Mundo revivieron mediante la Emancipación, en la Madre Patria tal vez resurjan cuando suene la hora.


BIBLIOGRAFIA.

Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”. 
José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”. 
Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

CABICHUÍ

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