23 nov. 2010

CIRCULAR PERPETUA

Nacido José Gaspar Rodríguez de Francia
y Velasco
,  según documentos donde consta
 su nombre, agregado el apellido Rodríguez

 de forma popular derivado del nombre del padre;
conocido también como Doctor Francia,
Karaí Guazú, el Supremo, fue un prócer y dictador
paraguayo, aceptado hoy día como padre de la
 nacionalidad paraguaya.
En julio de 1810 el gobernador Velazco se dispone a quemar su último cartucho de hora. No volverá a pastar; la gobernación está pelada de césped, de maravedises. Plena sequía de cequíes. Los rumiantes del Cabildo le aconsejan convocar a un congreso con el objeto de decidir la suerte de la provincia. El virrey Cisneros ha sido derrocado en Buenos Aires por una Junta Gubernativa de patricios criollos. Don Bernardo ya se ve corriendo la misma suerte en medio de la lastimosa fermentación. Huye a refugiarse en un navio de guerra. Descubre que la cañonera no tiene cañones. No tiene agua el río por la bajante. Retorna a palacio y convoca entonces a los miembros del clero, jefes, magistrados, corporaciones, sujetos de literatura, vecinos arraigados-desarraigados. Por supuesto la «inmensa bestia» de la plebe no es admitida al concilio. El cónclave se reúne no en la Casa de Gobierno sino en el obispario. Circunstancia bien notable de lo que notoriamente pretenden. El obispo Pedro García Panes y Llórente acaba de llegar de la corte de José NapoleónSe lo nota empachado por el atracón de las «especies irracionales» que el gobernador le ha brindado como saludo. El prelado se ha traído sus propias especies del otro lado del charco. Por otra parte, los zorros de la Primera Junta porteña han enviado como nuncio del nuevo sistema al hombre más viejo y odiado de la provincia, el coronel de milicias paraguayo Espinóla y Peña, quien se pretende con órdenes de relevar al gobernador. ¡Brillante forma de ganar adeptos, y qué flaco negocio para los paraguayos la Revolución si iba a consistir en cambiar a Velazco por Espinóla! Genio y figura de lo que iba a acontecer luego. 
Con estos auspicios los doscientos notables se reúnen en el avisparlo. Sin querer, aquellos monigotes hicieron de todos modos la asamblea inaugural de la Patria; lo malo a veces trae lo bueno. La rebelión leudaba ya la masa lista para ser metida al horno; no allí desde ya. Conque si os parece, amados conciudadanos, proclama el gachupín portavoz del gobernador sin voz y dentro de poco sin voto, reconozcamos aquí mismo por aclamación al Supremo Consejo de Regencia de la Corona y mantengamos mientras tanto relaciones fraternales con Buenos Ayres y demás provincias del Virreynato. Pero como el Imperio vecino de Brasil-Portugal observa el momento de tragarse esta preciosa y preciada provincia, agrega el cabildante sarraceno, y tiene sus tropas a orillas del río Uruguay, conviene levantar un ejército para defendernos. Mostremos lo que somos y debemos ser, evitando ser subyugados por nadie que no sea nuestro legítimo Soberano. Éste fue el argumento Aquiles de los españolistas de aquella emergencia, escribe Julio César en sus Comentarios. 
Nequáquam! Dije: El gobierno español ha caducado en el Continente. Chilló el cornetín del gobernador-intendente; chillaron los ratones asustados del congreso. Latinizó el obispo su mitral estupor. Se apoyó en el báculo. La cruz pectoral me apuntó trémulamente: ¡Nuestro Soberano Monarca sigue siéndolo de las Españas y las Indias, comprendidas todas sus Islas y la Tierra Fume! Gran batahola de desembarco. Descargué un manotazo acallándola: ¡Aquí al monarca lo hemos puesto en el arca!, grité. 
¡Aquí, en el Paraguay, la Tierra Firme es la firme voluntad del pueblo de hacer libre su tierra desde hoy y para siempre! La única cuestión a decidir es cómo debemos defender los paraguayos nuestra soberanía e independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires, contra el Brasil, contra toda potencia extranjera que pretenda sojuzgarnos. ¿En qué se funda el Síndico Procurador General para lanzar estos rebeldes proferimientos?, chilló un ratón chapetón. Saqué mis dos pistolas. He aquí mis argumentos: Uno contra Fernando VII. Otro contra Buenos Aires. Con el dedo en el gatillo intimé al gobernador a que se votara mi moción. Creyó que me había vuelto loco. Cornetín en boca, voz traqueada, tartamudeó: ¡Usted prometió ayudarme en la lucha antisubversiva! Es lo que estoy haciendo. Las fuentes de la subversión son ahora los españolistas y los porteñistas. Quedó parpadeando. Sus ojos desorbitados iban del cornetín a mis pistolas. Exijo que se vote sobre tablas y a rajatabla mi moción, intimé tras otro palmetazo. Muchos creyeron que yo había descerrajado un pistoletazo. Los más asustados se arrojaron al piso. El obispo se enjaretó la mitra hasta el barbijo. El gobernador hacía gestos de ahogado. La máquina de sus secuaces comenzó a funcionar. Se desató el tumulto a la grita de ¡Viva el Consejo de Regencia! Trajeron la urna aljibe para el sufragio. Los sarracenos echaron allí sus papeletas, desgañitándose ¡Viva la Restauración Institucional de la Provincia! El gobernador recobró la voz. En ese momento, según me refirió después José Tomás Isasi, de una fiesta popular que se celebraba cerca de allí, entraron a rebato un negro tras otro negro que corría detrás de una mascarita travestida de payaso. La extraña mojiganga alteró el concurso hasta la alucinación. Parece que el negro perseguidor cogió una de mis pistolas; la destinada al rey. Disparó contra el payaso que huía escudándose entre los pelucones, hasta que cayó detrás de la silla del gobernador. 
Yo no vi nada de eso. Si lo que contó el traidor Isasi fue cierto, la pipirijaina no pudo ser sino tramoya fraguada por los chapetones del Cabildo para frustrar la asamblea. Pantomima o no, sólo puedo decir que resultó una muy digna representación de lo que allí se ventiló. 
Un momento antes yo había abandonado el gallinero obispal abriéndome paso entre la gachupinada que alborotaba la sala. Salí a la calle espantando el montón de cluecas, gallos capones, clérigos, magistrados, sujetos de literatura invertidos- travestidos, que se quedaron alharaqueando en torno a mis dos pistolas arguméntales. 
Poco iba a durarles el triunfo. Yo me llevé el huevo de la Revolución para que empollara en el momento oportuno. Página 54 y 55,  Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos.


Independencia y Vida



Independencia y Vida - Segunda Parte



Un supremo misterio.


CABICHUÍ

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