29 sept. 2010

EL CORONEL FELIPE VARELA

Me parece que pocos conocen en Paraguay la historia de Felipe Varela, el Quijote de los Andes, que luchó en 1867 en el noroeste argentino por la misma causa que el mariscal Francisco Solano López y muriera en el exilio, la miseria y la execración. En homenaje al legendario guerrero de los Andes y su "Guerra de Unión Americana" escribo estas líneas.


REPERCUSIÓN DE CURUPAYTY EN LA ARGENTINA. La noticia del desastre del 22 de setiembre de 1866 corrió con velocidad por la Argentina. Pese a la tergiversación del parte oficial y ocultamiento del número de bajas aliadas, todos leyeron entre líneas la magnitud del desastre.
Pasó entonces algo que puede parecer asombroso a algunos, porque Curupayty fue una derrota argentina y la sangre derramada era de hermanos y aliados. Sólo La Nación Argentina (el diario de Mitre) y algún otro de su tendencia, sintieron Curupayty como una derrota. Casi todos se alegraron de la derrota mitrista, y algunos aplaudieron francamente el triunfo del Paraguay. A la expresión traidores que les arrojó el gobierno (clausurando esa prensa y encarcelando a sus redactores) contestaron que la traición "a América" estaba, ante todo, en quienes combatían al Paraguay. Navarro Viola edita Atrás el Imperio, Guido y Spano juzga en El Gobierno y la Alianza que "la alianza es de los gobiernos y no de los pueblos", Olegario V. Andrade escribe Las dos políticas. Y en un folleto anónimo (tal vez de Juan José Soto) se ponen los Ministerios de la Alianza al alcance de los Pueblos. Todo eso pese al estado policial impuesto por el gobierno: en enero de 1867, el reaparecido Eco de Entre Ríos – periódico de Paraná – elogia la promoción a general paraguayo del joven santafesino Telmo López, que desde la invasión de Flores al Uruguay combatía en "las filas americanistas". Estamos seguros - transcribo el Eco – que Telmo López, ese hermano en Dios y en la democracia, en el elevado puesto que hoy ocupa sabe colocarse a la altura de sus antecedentes y corresponder con brillo a la confianza del pueblo paraguayo y a las legítimas esperanzas que los amigos tenemos en él. ¡Fe y adelante, joven guerrero!. Que el día del triunfo del Paraguay no está lejano, y la hora de la redención de nuestra patria argentina se acerca".
Día del triunfo, hora de la redención, hermano en Dios y en la democracia... ¿Éramos aliados o enemigos del Paraguay?. Rawson, ministro del Interior de Mitre, ordena nuevamente el cierre del Eco y también de otros cuatro periódicos por "tomar una dirección incompatible con el orden nacional, y con los deberes que al gobierno nacional incumben en épocas como la presente".
Pero la Argentina parece desbordarse. El 9 de noviembre el contingente (“voluntarios“ llevados con maneas al frente de guerra) reclutado para cubrir las bajas de Curupayty, se subleva en Mendoza con el grito ¡Viva la patria!, ¡Vivan nuestros hermanos paraguayos!. Los gendarmes que el gobernador Videla manda a contenerlos se unen a los sublevados, abren las puertas de la cárcel a algunos periodistas presos por “paraguayistas“ y se hacen dueños de la ciudad. El gobernador escapa con premura. Será la revolución de los colorados, la primera de una serie que agitará el noroeste. A poco, el sanjuanino Juan de Dios Videla se lanza sobre su provincia; en enero de 1867 el puntano Juan Sáa (el valeroso Lanza Seca) levanta San Luis y se impone a la caballería de línea con la que el general Paunero trata inutilmente de contenerlo. El famoso guerrillero de Chilecito, Aurelio Salazar escapa de la cárcel de Córdoba y levanta los gauchos de los llanos (La Rioja), la tierra de Facundo Quiroga y el chacho Peñaloza, para entrar en triunfo en la capital de su provincia.
La reacción por Curupayty se deja sentir en todas partes en ese verano de 1867. Alarmado, el vicepresidente Marcos Paz al frente de la administración por ausencia de Mitre, escribe a este que “el incendio parece contagiarse a la República integra”. Mitre desprende lo mejor de sus tropas. Pero no bastan, y el 9 de febrero – en parte, justicia es decirlo, incitado por sus aliados brasileños que desean alejarlo del frente paraguayo – deja el campamento de Tuyuti y regresa a la Argentina.
EL QUIJOTE DE LOS ANDESEs ahora que hace su aparición en la historia Argentina el coronel Felipe Varela. Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, como es común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. - Aunque fuera una locura.
Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de abatir endriagos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría. Varela era estanciero en Guandacol  y coronel de la Nación con despachos firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza lo llamaran "bandolero" como a Peñaloza.
La muerte del Chacho lo arrojó al exilio, en Chile. Allí asistió dolido a la iniciación de la guerra de la Triple Alianza y palpó en las cartas recibidas de su tierra su impopularidad. Le ocurrió algo más: presenció el bombardeo a Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez. enterándose con indignación que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra. Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la prueba del antiamericanismo del gobierno de su país. Cuando llegó a saber en 1866 el texto del Tratado de Alianza (revelado desde Londres), no lo pensó dos veces. Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los bocones los llamará) del deshecho militar chileno. Equipó con ellos unos cuantos exiliados argentinos, federales como él, esperando el buen tiempo para atravesar la cordillera. Cuando esta se hizo practicable, al principio del verano, la noticia de Curupayty sacudía a todo el país. ¡Ah! Olvidaba: también gastó su dinero en una banda de musicantes para amenizar el cruce de la cordillera y las cargas futuras de su “ejercito". Esa banda crearía la zamba, canción de la "Unión Americana" en sus entreveros, y la más popular de las músicas del Noroeste argentino.
A mediados, de enero está en Jáchal, provincia de San Juan, que será el centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel con dos batallones de cien plazas, sus bocones y su banda de música corrió con el rayo por los contrafuertes andinos. Cientos y cientos de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba, sacaron de su escondite la lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia ensillaron el mejor caballo y con otro de la brida fueron hacia Jáchal. A los quince días de llegado, el “ejército" del Coronel tenía más de 4.000 plazas. Por las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por toda la Republica:
"¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas de Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú y Curupayty. Nuestra Nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes, tan rica en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una esclava quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre y sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que después de la derrota de Cepeda, lagrimeando juró respetarla.
¡Basta de victimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia!. ¡Cincuenta mil victimas inmoladas sin causa justificada dan testimonio flagrante de la triste situación que atravesamos! 

¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de Uruguayana, al precio del oro, las lagrimas y la sangre paraguaya, argentina y oriental!.
Nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la Unión con las demás repúblicas americanas.
¡Compatriotas! Al campo de la lid os invita a recoger los laureles del triunfo o de la muerte, vuestro jefe y amigo.
CORONEL FELIPE VARELA. Por todos los pueblos del oeste debió correr la cuarteta recogida por Antonio Carrizo en su Cancionero de La Rioja:

De Chile llegó Varela,

Y vino a su Patria hermosa.
Aquí ha de morir peleando
por el Chacho Peñaloza.


O aquella otra :
Viva el Coronel Varela
por ser un Jefe de honor!
Que vivan sus oficiales!
Viva la Federación!


Y esta:
La República Argentina

siempre ha sido hostilizada,

porque quienes gobernaban

con mala fe caminaban.

Ahora que viene encima

levantada su bandera,

la gloria y la primavera

florecen por sus caminos,

gritemos los argentinos:
¡Viva el Coronel Varela!.



No hay uniformes, ni falta que hacen. La camiseta de friza colorada, el color de la Federación es distintivo suficiente; un sombrero de panza de burro adornado con ancha divisa roja : "Federación o Muerte". ¡Viva la Unión Americana! ¡Mueran los negreros traidores a la patria!" protege del sol de la precordillera. A veces le divisa se ciñe como una vincha sobre la frente, no dejando que la tupida melena caiga sobre los ojos.
No habrá armas, ni uniformes, pero no faltan los servicios esenciales. Al rancho lo preparan mujeres que llegan de todo el Noroeste al llamado del caudillo: acompañarían al ”ejército" en toda la patriada; harán de enfermeras, amantes y si las cosas aprietan, cargaran las lanzas porque tienen fuertes los brazos y templado el ánimo.
Y, ¡cosa notable!, hay disciplina. ¡El coronel Varela es inflexible con eso! Un soldado de la Unión Americana debe ser ejemplo de humanidad, buen comportamiento y obediencia. Pasada la guerra, los “nacionales” (el ejército mitrista) buscarían pruebas de atropellos de "esos bandidos". No pudieron encontrarlas, ni siquiera inventarlas con medianos visos de verosimilitud: el "sumario" por la toma de Salta el 10 de octubre de 1867, analizado por los historiadores serios, solo mostró un tejido de fábulas.

FRANCISCO CLAVERO. En Jáchal se adiestra el “ejército" y preparan sus oficiales, cuyos nombres persisten como leyendas en el Noroeste: Guayama, Elizondo, Chumbita, Videla, Medina, Angel, Salazar; mineros de las faldas de Famatima o estancieros de Los Llanos los más de ellos.
Un día llega a los fogones de Jáchal nada menos que Francisco Clavero, a quien se tenía por muerto desde las guerras del Chacho cuatro años atrás. Antiguo granadero de San Martín en Chile y el Perú, era sargento al concluir la guerra de la Independencia.
Integrará bajo Rosas las guarniciones de fronteras donde su coraje y comportamiento lo hacen Mayor. Don Juan Manuel lo llevará mas tarde al Regimiento Escolta con el grado de teniente coronel. Asiste a la batalla de Caseros – del lado argentino – y será con el coronel Chilavert el último en batirse contra la división brasileña del Marqués de Souza. Urquiza, que prefería rodearse de federales que de unitarios, no admite su solicitud de baja y en 1853 estará a su lado en el sitio de Buenos Aires. Con las charreteras de coronel, dadas por Urquiza, combate en el Pocito contra los "salvajes unitarios" y fusilará al gobernador Aberastain después de la batalla. Cuando llegan las horas tristes de Pavón debe escapar a Chile perseguido por la ira de Sarmiento, pero vuelve para ponerse a las órdenes del Chacho. Herido gravemente en Caucete, cae en poder de los "nacionales“ que lo han condenado a muerte y tienen pregonada su cabeza. Sarmiento, Director de la Guerra, ordena su fusilamiento, que no llega a cumplirse por uno de esos imponderables que tiene la guerra: un jefe "nacional" cuyo nombre no se ha conservado, compadecido de Clavero, lo remite con nombre supuesto, entre los heridos nacionales al Hospital de Hombres de Buenos Aires e informa al implacable Director de la Guerra que la sentencia "debe haberse ejecutado" porque el coronel ”no se encuentra entre los prisioneros".
Un milagro de su físico y de la incipiente cirugía, le salva la vida en el hospital. No obstante faltarle un brazo y tener un parche de gutapercha en la bóveda craneana, abandona el Hospital cuando llegan a Buenos Aires las noticias del levantamiento del Noroeste. El viejo sargento de San Martín consigue llegar al campamento de Varela, donde todos lo tenían por muerto; se dice que, sin darse a conocer de la tropa – donde su nombre tenía repercusión de leyenda – se acercó a un fogón, tomó una guitarra y punteando con su única mano cantó:


"Dicen que Clavero ha muerto,
 Y en San Juan es sepultado.
No lo lloren a Clavero,
Clavero ha resucitado”.


El entusiasmo de los montoneros fue estruendoso, tanto que sus ecos retumbaron en Buenos Aires donde los diarios se preguntaban por qué no se cumplió la sentencia contra el coronel federal, y quién era responsable por no haberlo hecho. La noticia de la resurrección de Clavero llegó hasta Inglaterra donde Rosas, viejo y pobre pero nunca amargado ni ausente de lo que ocurría en su patria, seguía con atención la "guerra de los salvajes unitarios contra el Paraguay” y llegó a esperar que a los compases de la zamba de Varela fuera realidad la unión de los pueblos hispánicos “contra los enemigos de la Causa Americana". El 7 de marzo de 1867 escribe a su corresponsal y amiga Josefa Gómez (otra ferviente paraguayista) – y la carta está en el archivo General de la Nación de Buenos Aires .
”Al coronel Clavero si lo ve V. dígale que no lo he olvidado ni lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar la virtud de su fidelidad”.


EL SILENCIO DE URQUIZAPuede conjeturarse el plan de la guerra de montoneras: Varela debe apoderarse de las provincias del oeste; Sáa y Videla correrse por San Luis y Córdoba hasta el litoral, López Jordán levantar Entre Ríos y apoyarse en los federales de Santa Fe y Corrientes, Timoteo Aparicio invadir el Uruguay con los blancos orientales, Urquiza sería el jefe si aceptaba serlo; de cualquier manera la guerra se haría con Urquiza, sin Urquiza o contra Urquiza.

Sáa escribe a Urquiza: "... encargado de trasmitir a V.E. la voluntad de las masas, solo esperamos que V.E. se digne a impartirnos sus órdenes. Pero Urquiza calla. Sus intereses comerciales se ligan a la continuación de la guerra con Paraguay de la que saca buen provecho como proveedor del ejército, y a la paz interna por sus cuantiosos intereses de estanciero y comerciante y su paquete de acciones en el ferrocarril Central Argentino. Políticamente solo le interesa controlar Entre Ríos, donde su prestigio ha menguado considerablemente. El banquero Buschenthal le aconseja: " Espero que S E. no se comprometa con esta gente ( los montoneros) C'est tres pront..." Otra cosa será cuando consigan mejor posición.
No se comprometerá pero no los desautorizará tampoco pues le permite su viejo juego de quedarse observando el fiel de la balanza para cobrar el mejor precio. Escribe a Sáa - 10 de febrero de 1867 - una carta evasiva que a nadie compromete. Pero este quiere creer de apoyo.
Para marzo han llegado a Rosario los veteranos del Paraguay con su brillante oficialidad: los buques ingleses dejan en su puerto cañones Krupp y fusiles Albion y Brodlin para armar los tres ejércitos nacionales de Paunero, Taboada y Navarro que operarían contra la Unión Americana. Mitre hubiese querido ponerse a su frente pero el recuerdo de Sierra Chica. Cepeda y Curupayty prevaleció en el Estado Mayor, mejor era dejarlo de observador.
SAN IGNACIO ( lº de abril) Sáa se mueve de San Luis a Córdoba donde hay elementos suficientes para levantar la provincia. Paunero, desde Río Cuarto destaca a Arrendondo a cerrarle el paso de San Ignacio (cruce del Río Quinto en la carretera de San Luis a Mercedes). Y el ministro de guerra, Julián Martínez, se instala en Córdoba donde se sienten ruidos intranquilizadores.
Sáa ataca a Arredondo al anochecer del 1º de abril; erróneamente creyó que el jefe nacional tenía pocos hombres, porque de otra manera le hubiera convenido eludirlo y llegar a Córdoba, donde los federales esperaban. "San Ignacio se ganó por casualidad" dirá años después el general Garmendia. Nada pudieron las lanzas montoneras contra los Krupp, ni las cargas de indios ( 500 ranqueles combatían junto a Lanza Seca) contra los cuadros de infantería de Iwanowsky, Fotherigham, Luis María Campos y la brava caballería de José Miguel Arredondo. En cargas nocturnas se estrellaron Juan y Felipe Sáa, Carlos Juan Rodríguez, Juan de Dios Vídela, Manuel Olascoaga. Sin embargo la victoria estuvo indecisa hasta el amanecer.
La montonera quedó derrotada. No hubo prisioneros como lo ordenaba la ley de policía dictada en Buenos Aires. Muy pocos sobrevivientes consiguieron ocultarse y escapar a Chile por los pasos de la cordillera, que a esa altura del año era apenas practicable.


EL POZO DE VARGAS (10 de abril).Varela ha marchado hacia su Catamarca natal, atravesando La Rioja: es un paseo en triunfo donde los festejos se repiten al entrar el viejo caudillo en cada poblado. En La Rioja su "ejercito" se amplía porque los riojanos quieren luchar por la Unión Americana.
A los lánguidos compases de la zamba, la montonera se dirige a Catamarca donde todos esperan al Caudillo. De allí a Tucumán y Salta donde vendrían sin duda las órdenes de Urquiza, las órdenes que Varela supone no podrá negarle Urquiza viendo el juego decidido. En ruta hacia Catamarca le llegan dos malas noticias. Que Sáa fue aniquilado en San Ignacio, y Taboada al frente del ejercito nacional del Noroeste ha aprovechado su ausencia para entrar en La Rioja.

Los nacionales vienen
Pozo de Vargas
Tienen cañones y tienen
Las uñas largas.

Dice la letra riojana de la zamba de Vargas (que no es la del ejército de Taboada, que se apropió de la música, como se apropió de tantas cosas). Varela vuelve grupas. A los compases de la zamba su ejército regresó a La Rioja a todo galope. El 9 de abril, ya próximo a la ciudad, Varela invita caballerescamente a Taboada "a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos fuera de la población; "a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima de los horrores consiguientes de la guerra y el teatro de excesos que ni yo ni V.E. podremos evitar". Taboada fijaría el campo de la liza "por lo menos a tres leguas del ejido". El jefe nacional no contesta. Ha urdido un plan que debe darle la victoria. Como los federales marchan a todo galope y sin mayor descanso, supone que llegarán desfallecidos y sedientos a La Rioja. Por lo tanto ha destruido los jagüeles del camino, dejando solamente a uno, el Pozo de Vargas a la entrada misma de la ciudad. Supone que los rnontoneros se arrojarán sobre el agua; y entonces la artillería y fusilería nacionales, convenientemente atrincheradas alrededor del pozo los aniquilaría sin remedio.
Ocurrió lo previsto. Varela no encontró agua en los jagüeles de Las Mesillas, donde esperaba acampar la noche del 9, a la espera de la respuesta - que no llegaría nunca - de su invitación a Taboada. Debió seguir la fatigosa marcha por la noche del 9 en busca del pozo de Vargas donde llega al medio día del 10. Era tal la sed que "tres soldados sofocados por el calor, por el polvo y el cansancio - dirá Varela - expiraron de sed en el camino.
Los gauchos fueron acribillados por los nacionales desde las trincheras apenas se acercaron al Pozo. Varela rehizo sus cuadros y aunque la posición de Taboada dificultaba el movimiento de la montonera, ordenó se tocase la zamba y empezara la batalla. Los inútiles "bocones" fueron dejados de lado Durante más de siete horas. – de mediodía al anochecer - se sucedieron las cargas a los compases de la zamba heroica. (que apropiada por los vencedores y con otra letra, se llamaría desde entonces Zamba de Vargas).
Tiempo después, y en los altos de la marcha los sobrevivientes cantarían la le letra auténtica de su zamba, que se ha mantenido como tradición oral en La Rioja y Catamarca.



"A la carga a la carga, 
dijo Varela
salgan los laguneros
rompan trincheras.
Rompan trincheras si
carguen los laguneros
de dos en fondo.


De dos en fondo si,
dijo Guayama,
a la carga muchachos,
tengamos fama.
¡Lanzas contra fusiles!
Pobre Varela


¡Que bien pelean sus tropas
en la humareda.
Otra cosa sería
armas iguales.


En una de las cargas Varela cae con su caballo muerto junto al pozo. Y ocurre otro episodio de esa guerra romanesca. Una de las montoneras que hacían de cantineras, enfermeras, amantes, o lo que se presentara, tomó un caballo y se arrojó en medio de la refriega para salvar al jefe. Se llamaba Dolores Díaz y le decían La Tigra. En ancas de La Tigra escapó de la muerte el viejo caudillo.
 "A las oraciones – dice Varela – mi ejército estaba deshecho, pero tambien el del enemigo. Si bien no había sufrido una derrota, comprendí que el triunfo por mi parte en esos momentos era imposible". Siete horas habían durado las cargas; en torno al pozo de Vargas se riñó la batalla mas disputada de la guerra de la Unión Americana y se perdió toda esperanza seria de apoyar a Paraguay. Llegaba la noche, Varela dio la orden de retirarse: “!Otra cosa sería armas iguales!”. Ciento ochenta compañeros le quedaban de su ejército que el día anterior contaba cerca de cinco mil, los demás han muerto, quedando heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase. Pero Taboada también había pagado su precio. "La posición del ejercito nacional - informa Mitre – es muy crítica después de haber perdido sus caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no se encontrará quien facilite como reponer sus pérdidas". Varela fijó Jáchal como sitio de reunión.
Taboada quedó en La Rioja que saqueó concientemente durante tres días, pues nadie le facilitaba alimentos voluntariamente "...las uñas largas...".

Sáa, derrotado escapó a Chile; los cordobeses, cuyo caudillo era Simón Luengo, se habían levantado a la espera de Sáa y del "pronunciamiento“ de Urquiza que ha escrito cartas comprometedoras a Luengo.
Cuando a mediados de abril llegan las noticias de San Ignacio y el Pozo de Vargas, todo parece perdido, y Urquiza hace manifestaciones de repudio "a esos bandidos, que usan mi nombre para encubrir sus tropelías".
Creen terminada su misión y los veteranos vuelven a embarcarse para el Paraguay. Pero todavía está Felipe Varela en ancas de La Tigra y la guerra de la Unión Americana no ha terminado.


FELIPE VARELA EN JÁCHAL. Después del Pozo de Vargas, Varela ha ordenado reunión en Jáchal a los dispersos de la batalla. El 21 de abril, entre repiques de campana y compases de su zamba – aunque los musicantes chilenos han caído en poder de Taboada, que se apropió la canción – los sobrevivientes del Ejército de la Unión Americana entran en la capital montonera. Quemada por la metralla aún mantienen erguida su bandera donde puede leerse:


"Viva la Unión Americana" -

"Abajo los negreros traidores a la patria!"

"¡Vivan nuestros hermanos paraguayos!".

El Quijote de los andes no se siente vencido. Lejos de ello. A los pocos días sus fuerzas se aumentan con los dispersos de Vargas que vienen de todos los puntos cardinales. Pero debe abandonar Jáchal jaqueado por los tres ejércitos nacionales. (de Paunero, Taboada y Navarro) que por un momento habían creído concluida la guerra, y se sorprendieron al llegarle noticias de que Varela aún vivía. El coronel es baqueano de la cordillera. Deja la villa y por escondidos senderos se interna en las montañas para caer por sorpresa en los lugares más inesperados: el 5 de junio sorprende a Paunero en Las Bateas. No es una batalla, ni siquiera un combate; Varela no tiene tropas para enfrentar al jefe nacional, solo ha querido sorprenderlo, sembrar el desconcierto en la tropa. Cuando Paunero reacciona ya es tarde. Varela se ha esfumado llevándose los caballos, muchas armas y algunos soldados que han preferido jugarse con él. Once días más tarde - nadie ha sabido por que escondidas sendas hizo la travesía – desbarata en la quebrada de Miranda el contingente de forzados que lleva el coronel Linares de refuerzo a los nacionales ... Tampoco fue batalla: apenas cuatro gritos, y los "voluntarios" dejaron a Linares para irse con Varela.
Es una guerra de recursos, difícil, pero la sola posible cuando no se tienen armas y se sabe que la inmensa mayoría de la población le apoyará y seguirá. Como un puma se desliza entre sus perseguidores. No se sabe donde está, si en Guandacol, en Jáchal, en Chilecito, o ha ganado la puna de Atacama en territorio entonces boliviano. La verdad es que está en todas partes; no todos lo creen. No es posible arrearse un contingente para la guerra del Paraguay, porque los jefes siempre temen que Varela se descuelgue de los cerros y ponga en libertad a los forzados como hizo el otro Quijote, el de la Mancha con los galeotes. Pero estos no le pagarán a pedrada limpia, sino se le unen para seguir la lucha imposible por la alianza con las repúblicas de la misma sangre.

REVOLUCIÓN FEDERAL EN CÓRDOBA ( 16 de agosto) La noticia que Varela “anda” por la cordillera, aunque pocos lo han visto, enciende una luz de esperanza en los federales. Tal vez no todo esté perdido. El ejército del Paraguay ha quedado inmóvil después de Curupayty, y nadie - fuera de los jefes brasileños y de Mitre - quiere seguir la guerra. El mismo Urquiza, a pesar de haber felicitado a Mitre por sus triunfos de San Ignacio y Pozo de Vargas, ha vuelto a sus equilibrios; es que aspira a ser presidente en 1868 y sabe que todo el país, federales o liberales, fuera del minúsculo grupo que redacta La Nación Argentina, quiere la paz con Paraguay. Adolfo Alsina que con los jóvenes liberales acaba de ganar la gobernación de Buenos Aires inaugura las sesiones de la legislatura porteña con insólitas palabras "La guerra bárbara, carnicería funesta, la llamo así porque nos encontramos atados a ella por un tratado también funesto..., sus cláusulas parecen calculadas para que la guerra pueda prolongarse hasta que la república caiga exánime y desangrada".
Simón Luengo sigue con interés desde Córdoba las andanzas de Varela. Mientras tremole la bandera de la Unión Americana en los contrafuertes andinos, subsiste la posibilidad de acabar con el mitrisrno. ...¡Si Urquiza – a quien venera como un ídolo – se decidiera!. Día que transcurre se ponen las cosas peores para Mitre. No es solamente la repercusión de Curupayty: Buenos Aires se ha llenado de carteles reclamando la paz, "Sólo Mitre ha podido hacer perecer a tanto Argentino..., no se pregunta quién murió en Paraguay, sino quién vive " informa Martín Piñero – propietario de El Nacional – a Sarmiento, ministro en norteamérica.
Para peor, se extiende por todo el litoral la epidemia de cólera, iniciada en los campamentos brasileños en Tuyutí. Miles y miles caen – hombres, mujeres, niños – más, pero mucho más que los eliminados por las balas. La actitud de Urquiza, pese a sus felicitaciones a Mitre alienta las esperanzas a Simón Luengo. Ha dado una espléndida fiesta en su palacio San José: en la sala, bajo la bandera de Entre Ríos se entrelazan las banderas de América, inclusive la Paraguaya: falta la brasileña. Su yerno, Victorica, le ha preguntado – según narra Ignacia Gómez a Albérdi – "¿Es tiempo, Señor?". Y el castellano de San José señalando las banderas habría respondido: " Lo digo fuerte: me place ese acomodo".
No espera más Simón Luengo, Tal vez su espíritu sencillo supuso que debía equilibrar en el ánimo de Urquiza las derrotas de San Ignacio y Vargas. Córdoba es una provincia federal, gobernada por un federal. Mateo Luque. Su posición es estratégica. Si la sublevara - lo que sería fácil pues Luengo es inspector de milicias – los ejércitos nacionales que persiguen a Varela abandonarían su caza. Y Urquiza "pronunciándose" con sus diez mil aguerridos entrerrianos sería el dueño de la situación. Ni siquiera los generales mitristas del Paraguay (Emilio Mitre, Rivas, Gelly y Obes) querían seguir esa guerra y menos a las órdenes de los brasileños.
El ministro de guerra nacional Julián Martínez está en Córdoba reclutando el "contingente" para llevarlo al Paraguay. Martínez se alarma porque los reclutados lanzan gritos desconcertantes: ¡Vivan los generales Sáa y Varela, ¡Mueran los porteños!, ¡Viva el Paraguay!

Luque tratará de explicárselo por el estado anímico de la masa, y le asegura que cesarán apenas tomen gusto al servicio. El Gobernador trata también de calmar a Luengo que "se sale de la vaina" diciéndole que nada debe hacerse mientras el general Urquiza no lo disponga". Y llamado por Mitre, deja la ciudad el 15 de agosto.
Luengo no espera más. Al día siguiente – 16 – levanta al contingente a los gritos "Viva Urquiza", apresa al ministro de guerra, y se declara en rebelión contra Mitre. Poco dura la revolución de Luengo. Nicasio Oroño, gobernador mitrista de Santa Fe, avanza contra Córdoba, el general Conesa lo hace desde Villa Nueva, Luque lo desautoriza, Urquiza calla.
Luengo debe entregarse a Conesa – lo hace el 28 de agosto – sin haber podido entrar en combate. Está desengañado y receloso. Quedará preso en Córdoba, hasta que escapa de la prisión. Entonces irá a Entre Ríos donde matará a Urquiza el 11 de abril de 1870.



VARELA EN SALTA (10 de octubre) Cuerpeando las divisiones nacionales, Varela se desliza por los pasos misteriosos de la cordillera. Ha tenido correspondencia con Luengo en Córdoba, con Zalazar en Chileclto y con el caudillo salteño Aniceto Latorre a quién invita a plegarse; "el poder del enemigo no está fuerte”, escribirá a este último. “Con un pequeño esfuerzo de los hijos de la patria todavía salvaremos a América".
En octubre, mientras Paunero lo supone en San Juan, y Navarro lo espera en Catamarca, Varela baja de la cordillera frente a Salta con mil guerrilleros: esquiva a Navarro que ha corrido a cerrarle el paso, y al galope va a Salta donde espera proveerse de armas y alimentos.
"Al ir a aquella ciudad (Salta) – dirá – no me llevó el ánimo apoderarme de un pueblo sin objeto alguno, Yo marchaba en busca de pertrechos bélicos, porque era todo cuanto necesitaba para triunfar“.
Está frente a Salta la mañana del 10 de octubre.  Intima al gobernador Ovejero le entregue las armas que hay en la ciudad, comprometiéndose a no entrar en ella. Pero Ovejero sabe que Navarro lo persigue de cerca y supone que el caudillo no se atreverá a atacarle en esas condiciones. Además, el Ejército de la Unión Americana apenas si tiene fusiles y municiones. Por eso a la intimación de Varela de "evitar a la población la desastrosa consecuencia de la guerra" contesta con una descarga.
Ovejero había preparado la resistencia, armando la clase principal con los seis cañones y 225 fusiles que poseía, " pues el enemigo – explica por qué armó solamente la clase principal - que halaga a las masas .... encuentra prosélitos entre quienes no abrigan un corazón honrado". Ha conseguido 300 vecinos honrados que distribuye en las trincheras zanjadas en la plaza principal, y les encarga los cañones y los fusiles.
Salta lo espera y tiene un corazón (honrado y abrigado) y un fusil.  Sobraban, a su entender, para rechazar a los bandoleros. O por lo menos detenerlos hasta que llegase Navarro que no podía tardar.
Ovejero valoro en demasía el poder de los fusiles y despreció demasiado el coraje de los gauchos. Varela ordenó el ataque, los defensores resistieron apenas cuarenta minutos. Provisoriamente el gobernador consiguió recoger algunos fusiles llevándolos en "asilo“ al templo de San Francisco donde también estará él con su gente.
Una hora estuvo Salta en poder de las montoneras. El parte del jefe de la plaza – Leguizamón – habla de tremendos desmanes. Nada respetó el enemigo, templos, oficinas públicas, casas de comercio y de particulares fueron saqueados y hollados bárbararnente del modo más espantoso y feroz....
"Una hora escasa han ocupado (los federales) la ciudad – informa Ovejero y los estragos y saqueos rayan en los límites de lo imposible".

Exageraciones interesadas (porque el gobierno nacional pagaría los perjuicios). En una hora no pueden cometerse muchos desmanes. En el sumario que se levantará, los testigos declaran "de oídas“, uno solo atestigua el saqueo de su tienda donde le han llevado “ un caballo". Miguel Tedin contando muchos años después sus recuerdos infantiles, dice que estaba en casa de la señora Güemes de Astrada el 10 de octubre "cuando se presentó un soldado feroz armado de una carabina. ¡No me mate, soy hija del general Güemes!, dijo la dueña de casa. Este nombre pareció impresionarle y bajando el arma solicitó un par de botas, lo que realizó la señora. ¡ Curioso saqueador que se impresiona por un nombre histórico, y solo pide un par de botas!. Las violaciones de los templos, que dice Leguizamón no ocurrieron: el Gobernador Ovejero se refugió con su gente y armas en San Francisco defendido – dice en su informe – por los religiosos de la insaciable rapacidad de estos bandidos".
¡Notables bandidos, impotentes ante las palabras de unos frailes!.

Varela, que no entró en la ciudad, sabedor que los religiosos se negaban a entregar las armas "asiladas“ en San Francisco hizo llamar al guardián para explicarle que el asilo eclesiástico no amparaba a los prisioneros de guerra ni a sus armas. Como el guardián se mantuvo firme, el coronel lo maltrató de palabra diciéndole muchas barbaridades" (cuenta el religioso en el sumario) pero no “ violó" el convento.
Fuera de los fusiles tomados a los caídos en la plaza, un caballo y un par de botas no hubo otros "latrocinios". Si ocurrieron, los damnificados olvidaron hacerlos constar en el sumario. Lo que parece que hubo y en grado mayúsculo, fue un tremendo miedo.

EL FIN DE LA GUERRA. Haba sido en las barbas de Navarro que Varela se apoderó por una hora de Salta. De allí siguió a Jujuy, donde no hubo "saqueo" porque los Jujeños aceptaron darle sus armas. No pudo estar mucho tiempo porque Navarro lo seguía. Por la quebrada de Humahuaca llegó a Bolivia, donde Melgarejo – en ese momento simpatizante con Paraguay – le dio asilo. En Potosí, Varela publicará un Manifiesto explicando su conducta y prometiendo el regreso.
En octubre de 1860 Mitre termina su presidencia y sube Sarmiento, de quién se esperó por un momento que terminase la guerra con Paraguay. No hubo tal, eso decide el regreso de Varela. También que Melgarejo ha cambiado de opinión y ahora está muy amigo de Brasil.

Varela con sus escasos seguidores y sin armas de fuego, toma el camino de Antofagasta. Su hueste no alcanza a cien gauchos. La "invasión“ amedrenta en Buenos Aires. Martín de Gainza, ministro de guerra de Sarmiento, manda al general Rivas, al coronel Julio Roca y a Navarro a acabar definitivamente con el Ejército de la Unión Americana. Navarro – a quien por su pasado federal algunos acusan de lenidad con los montoneros – promete "matar ( a Varela) en combate".
No tremolará mucho tiempo el estandarte de la Unión Americana en la puna de Atacama. Basta un piquete de línea al mando del Teniente Pedro Corvalán, para abatirlo en Pastos Grandes ( 12 de enero de 1869). Los dispersos intentan volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide. Toman entonces el camino de Chile. Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno manda un buque de guerra para desarmar al “ejército”. Encuentran un anciano enfermo de tuberculosis avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados y famélicos. Les quitan las mulas y los facones y los tienen internados un tiempo. Después los sueltan, vista su absoluta falta de peligro.
Varela se instala en Copiapó. El gobierno de Sarmiento ordena a su ministro en Chile, Félix Frías, vigile sus movimientos: "Está gravemente enfermo – escribe Frias el 16 de mayo de 1870 y de él nada hay que temer". Morirá el 4 de junio de ese año en Ñantoco, cerca de Copiapó. "Muere en la miseria – informa Frías al gobierno argentino – legando a su familia que vive en Guandacol, La Rioja, solo sus fatales antecedentes.
Sus restos acaban de ser repatriados por el patriótico gobierno de Catamarca, y desde sus montañas, espina dorsal de nuestra dividida América, este viejo gaucho que quiso ver una “Unión Americana”, espera el reconocimiento de los “hermanos paraguayos" que lo movieron a su valerosa y desigual guerra de 1867.

CABICHUÍ

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